Asbraum (parte I)

Publicado: enero 24, 2007 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

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Desde la colina, al día siguiente, pudieron ver la magnificencia de la fortaleza. Un alcázar que se elevaba desde debajo del valle, sobre un promontorio de roca, de un color gris ceniza. Era enorme. Casi parecía una ciudad fortificada e izada sobre un pedestal. Varios pabellones ondeaban sobre el portón de madera y hierro, bajo los merlones superiores. Sobre el foso ascendía una niebla no muy densa, y del interior llegaban las voces guerreras de hombres preparándose, y la algarabía de un día de mercado, aunque no vieron ninguna caravana, ni tiendas, apostadas en la planicie que se extendía ante la Ciudadela de Asbraum.

El grupo miraba la construcción con caras de asombro. Ninguno de ellos había visto nunca semejante fortaleza, aunque habían oído hablar de su existencia. Era, sin duda, un bastión que ofrecería una importante situación estratégica a su propietario. Suerte que se encontraba en manos del bien.

Andros miró el cielo encapotado.

—Será mejor que nos pongamos en marcha, si queremos dormir bajo techo —dijo el explorador mirando a la ciudadela.

Los demás asintieron sabiendo que era verdad. Se movieron al unísono, tratando de descender la colina en la que se hallaban. Esta era empinada, a resultas de los movimientos de tierra que las últimas lluvias habían provocado. Descendieron con precaución, teniendo en cuenta que iban cargados, pero no pudieron evitar llenarse de barro. Incluso Karuth, el lobo compañero de la druida, tuvo dificultades al llenársele las patas de un cieno oscuro y pegajoso.

Al llegar a la llanura que se extendía entre ellos y la fortaleza, pudieron ver las formas que aleteaban sobre ella. Habían oído hablar a Sir Ibrahim de los grifos que protegían la ciudadela, pero ninguno de ellos había tenido el placer de observar a aquellas criaturas en tan majestuoso vuelo. Todos se quedaron mirándolas durante unos instantes, sin siquiera pestañear. El sol, que aparecía en brillantes tiras cada vez que uno de sus rayos conseguía arrancar un jirón de nube, brillaba contra las armaduras de los jinetes de grifo, y los petos metálicos que protegían a las bestias en combate.

Fue la elfa la primera que rompió el hechizo:

—¿Váis a moveros o queréis que se nos pase el día viendo volar a esos pajaritos? —dijo con un sarcasmo impropio de ella.

Desviaron la mirada de las alturas y volvieron a dirigir sus pasos hacia el camino que terminaba al pie del promontorio.

Al final del camino vieron algunas patrullas a pie. Hombres bien armados con espadas cortas a la derecha de sus cinturas, ballestas de mano al lado contrario y pesadas alabardas de combate que sujetaban con ambas manos, y cuyos mástiles apoyaban en el suelo al cambiar de dirección. Iban de dos en dos, en pautas de unos cien metros, con las armaduras impolutas, aunque algunas de ellas dejaban ver zonas abolladas, resultas de combates recientes.

Una de las patrullas custodiaba el túnel, al final del camino, que sin duda hacía de entrada a Asbraum. El grupo se paró ante ellos, y fue Gorham, como de costumbre en los últimos días, y viendo el grupo que se desenvolvía bastante bien con aquellos caballeros, quien hizo de portavoz.

—Venimos de parte del comandante Sir Ibrahim —empezó el enano—. Tenemos que ver al Gran Maestre.

—Aunque vinieseis a ver a la misma dama Alustriel, de Luna Plateada, no tenemos autorización para franquear el paso a nadie que no sea soldado de la guarnición, o traiga un salvoconducto.

Gorham, con un gruñido, extrajo del interior de su peto el papel que les había firmado Sir Ibrahim. Lo abrió y se lo entregó al que había hablado, que lo leyó de inmediato.

—Está bien —dijo sin desviar la vista del papel arrugado—, esperad aquí.

El enano asintió con la cabeza y se dio media vuelta para hablar a sus amigos.

—El Gran Maestre debe estar en la plaza fuerte del castillo. Creo que tardarán un rato en darnos paso al interior, así que será mejor que nos sentemos y recapitulemos.

—¿Qué quieres decir? —dijo Astrid, cuya voz aún se notaba resentida, después de los últimos descubrimientos—. ¿Es que no va a recibirnos? Sir Ibrahim dijo…

—¡Sé perfectamente lo que dijo! —exclamó Gorham con evidente malhumor—. ¡Pero debemos acatar las normas, o nuestra piel no valdrá nada para ellos! Están en guerra, y eso es algo que estos soldados se toman muy a pecho, te lo aseguro.

Los demás observaron la discusión con seriedad.

http://www.kolumbus.fi/antti.lusila/drawings/fantasia.html—Espero que no tarden demasiado. ¿Creéis que nos da tiempo a comer algo? —dijo Duncan apartando como pudo el enorme hacha que colgaba a su espalda, para sentarse en una de las rocas junto al camino.

—¡Bah! Sois incorregibles. Ten —le dijo la elfa poniendo unas hojas en sus manos.

—No pretenderás que sobreviva a base de hierbajos… —dijo el bárbaro.

Gaylin le quitó de las manos lo que acababa de entregarle y volvió a guardarlo haciendo un aspaviento, mientras llamaba a Karuth buscando consuelo.

Andros, el explorador, miraba el entorno sin prestar atención a todo aquello, aunque sí había prestado atención a las palabras del enano, y las había entendido perfectamente. Volvió a mirar al cielo, viendo que las nubes seguían ahí. Seguían siendo grises y amenazadoras, a pesar de haber ofrecido un poco de luz un rato antes. La enorme explanada que rodeaba el alcázar aparecía yerma y silenciosa. Se sentó en una roca junto al bárbaro y miró al enano justo antes de hablar.

—Gorham, creo que sería mejor no ir todos a hablar con ese Gran Maestre. Tú y yo nos bastamos para eso. Los demás deberíais esperarnos en algún sitio.

—Estoy de acuerdo —dijo Gorham. Los demás encogieron los hombros con desidia.

Al poco llegó el soldado que había desaparecido con su salvoconducto y se dirigió de nuevo al enano.

—Maese…

—Gorham, mi nombre es Gorham.

—Maese Gorham, Sir Nathan Endrógale, Gran Maestre de Asbraum, os atenderá mañana por la mañana. Estáis invitados a desayunar con él. Mientras tanto podéis hacer noche en
La Cruz de
la Espada, la posada de la ciudadela. Ya os esperan allí.

—Gracias amigo —dijo empezando a andar.

—Eh…, un momento. El lobo…

—Tranquilo, el lobo se queda fuera, ya lo imaginaba —contestó la elfa. Acto seguido se agachó y le dijo algo a Karuth al oído. El lobo se dio la vuelta y salió corriendo hacia la espesura de la que habían venido.

Entraron en el túnel, que era alto y ancho, por el que cabían perfectamente diez hombres hombro con hombro. Debía haber sido oscuro si no fuera por las grandes teas encendidas que se alternaban en tramos de cinco o seis metros, despidiendo un fuerte olor a aceite quemado. Al final del túnel, a unos cien metros, se divisaba la boca del otro lado. Las paredes devolvían el sonido ampliado de los pasos y el tintineo de las armas, rompiendo el incómodo silencio que se cernía sobre ellos.

Salieron a una plaza llena de gente. No había sólo soldados, sino que podía verse trabajando a carpinteros, herreros y comerciantes de todo tipo, amparados por la sombra indiscutible de la muralla plagada de merlones recién restaurados, preparadas para recibir cualquier ataque. Daba el aspecto de que aquel fuerte no podría ser conquistado por la fuerza. Sin embargo la explanada que lo rodeaba era perfecta para mantener un largo asedio, si fuera necesario. Todos pensaron en ello, y por las marcas de viejas batallas, que aún dibujaban aquellas paredes, dedujeron que no sería el primer asedio sufrido por la fortaleza.

Uno de los soldados volvió sobre sus pasos por el túnel. El otro, el que había hablado con el enano, se abría paso entre aquella gente indicando al grupo que le siguiera.

Les condujo por calles que giraban encerradas entre la muralla y lo que parecían concentrados grupos de viviendas, como si de un avispero humano se tratara. Las calles no eran estrechas, pero la sensación era claustrofóbica y extraña. El entorno era en parte culpable, al estarse produciendo un gris atardecer. Apenas soplaba algo de viento, ni siquiera en las pequeñas plazas de la ciudadela, aunque las hojas caídas de los pocos árboles que crecían casi en la roca se dejaban arrastras con la mínima presencia de una brisa.

http://www.iac.es/Al fin llegaron a la calle de las tabernas, en el momento en que los hogares comenzaban a iluminar los faldones polvorientos de los porches. Justo antes de que la calleja girase subiendo un nuevo tramo, sobresalía de la esquina un letrero, por encima de sus cabezas, que rezaba “
La Cruz de
la Espada” sobre una hoja sin cazoleta ni guardamanos, dibujada por una mano que escaseaba habilidad artística. El rótulo era de madera vieja, y debajo habían colgado un trozo de pergamino en el que ponía “Habitaciones Libres”, con una caligrafía regular.

—Aquí es —dijo el soldado parándose ante la puerta—. Por la mañana enviarán a alguien a recogeros. Que paséis buena noche.

—Lo mismo le deseo —contestó Gorham. El soldado se dio la vuelta y se marchó por donde había venido. Duncan hizo el gesto de abrir la puerta de la posada, pero el enano le puso la mano en el fornido antebrazo.

—Espera, bárbaro —dijo mirando a los demás a los ojos—. ¿Es que no os habéis dado cuenta?

—¿De qué teníamos que darnos cuenta? —preguntó Andros.

—¡Venga, hombre! Os tenéis que haber fijado por fuerza. No nos hemos encontrado ni un solo caballero por las calles.

—¡Bah! —exclamó Astrid—. Estarán todos en la base de la ciudadela…

Gorham se puso delante de la puerta con cara de enfado.

—¿A qué estás esperando, grandullón? —le dijo al bárbaro.

La posada tenía su entrada en una taberna de la que salía un agradable calor. No había muchos clientes, apenas media docena repartidos por la barra, y no se oía música de ningún tipo. El tabernero se encontraba echando unos troncos a la chimenea que calentaba desde el fondo una sala no demasiado grande, forrada a medias con tablones redondeados de madera oscura. Algunas lámparas colgaban de los dinteles iluminando la estancia con una luz tenue pero acogedora.

Como siempre, se giraron a mirarles en cuanto entraron. Era un grupo de lo más extraño, pero ellos ya estaban acostumbrados. Nadie les saludó, así que juntaros dos mesas y se sentaron sin hacer caso al resto de clientes.

El tabernero, tras haberse limpiado el hollín de las manos, se acercó a su mesa.

—Supongo que debéis ser los que ha enviado el Gran Maestre.

—Así es, maese… —empezó el explorador.

—Dejaos de fanfarrias de ciudad, no soy maese nada. ¿Qué os pongo? Tengo hidromiel, cerveza y agua. El vino que quedaba se guarda para los caballeros, así que no importa que lo pidáis porque no hay. Si queréis un plato caliente hay estofado de cerdo con patatas, aunque en realidad hay poco cerdo y muchas patatas. No hay pan, así que olvidaos también de eso. Y no se sirven postres en este establecimiento. ¿Y bien?

—Tráenos un poco de todo, raciones para los cinco, cerveza y aguamiel. ¿Qué hay de las habitaciones? —dijo el enano.

—¿Habitaciones? —preguntó el tabernero—. Una habitación para los seis, eso sí, la más grande, no se preocupen por eso…

—Hay dos damas, amigo —le dijo Andros frunciendo el cejo.

El posadero les miró con ojos torvos durante unos instantes, haciendo hincapié en la elfa y la guerrera. Luego asintió.

—Está bien, otra habitación para las señoras —dijo con visible enfado mientras se daba la vuelta para servir el pedido—. Espero que el Gran Maestre sepa apreciar este buen servicio por mi parte…

El grupo esperó a que el posadero se fuera para empezar a hacer los comentarios.

—No me gusta ese tipo —dijo Duncan—. A decir verdad, odio las ciudades humanas.

—Sólo será un día. Mañana mismo nos largamos, o sea, que no os preocupéis —contestó la semielfa.

—¡Hummm! —dejó escapar el enano con fastidio.

—¿Y a ti qué te pasa ahora, viejo gruñón? —le preguntó Astrid a Gorham con gesto acusador.

El enano cambió la postura en la silla con cierto esfuerzo, pues le colgaban los pies.

—Me hubiera gustado enseñarte un poco de la vida de estos hombres. Al fin y al cabo tu padre…

—¡Deja eso ya!¡Maldita sea! —exclamó la semielfa—. No quiero saber nada, ya te lo he dicho.

http://wings.avkids.com/—Está bien.

Los demás observaron la discusión, pensando que no iba con ellos.

El fuego dejaba caldeaba la estancia haciéndola acogedora, lo que era fácil por no ser tampoco demasiado grande. El olor a madera vieja y tabaco de pipa impregnaba las paredes y daba al ambiente una buena fragancia. Poco a poco, el olor del estofado fue tomando forma, y los estómagos de los clientes, incluidos los del peculiar grupo, empezaron a rugir imaginando unos platos llenos y calientes.

Algún tiempo después, el tabernero empezó a repartir escudillas con la comida, jarras de cerveza e hidromiel, y se puso a charlar con algunos clientes. De vez en cuando entraba algún soldado que miraba con discreción hacia el rincón donde estaban los amigos. Aún así se dieron cuenta más de una vez.

Imágenes enlazadas con Elusive Dreams, Fantasia, Instituto de Astrofísica de Canarias y THE K-8 Aeronautics Internet Textbook.

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comentarios
  1. Ana dice:

    Muy bueno como siempre, pero un poco pasado en descripción. Haber si tardamos menos con la siguiente que me tienes en ascuas¡¡ jajaja.
    Muchos besos. Ana.

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  2. Morgana dice:

    Fantástico relato!!!

    Me ha encantado…

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  3. botón dice:

    Estupendo relato.
    Ganas de hidromiel.
    🙂

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  4. xisco dice:

    Por fín!! pensé que te olvidaste de escribirla, es fenomenal recordar la aventura y a mis compañeros de viaje,(¿ verdad que sí ana? )está estupenda david, sigue así. Un abrazo y que Tempus os guarde.

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  5. elvenbyte dice:

    Ana: Espero tardar menos, de verdad.
    Morgana: Gracias amiga.
    Botón: Pues nada, un sorbito a tu salud.
    Xisco: ¿Cómo se me va a olvidar? Eso es imposible, y estate atento. Pronto la siguiente parte. Espero que no te moleste que haya cambiado algunas cosas.

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  6. Ana dice:

    Joooooo¡¡¡ yo ya tengo mono¡¡, podríais echaros un viajecito y darnos una panzá a jugar…¡¡¡ Mierda charco, mira que llevamos pidiendo el puto puente desde los años ¿70?, y que na…

    Muchos besos, se os hecha de menos…

    Ana.

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  7. elvenbyte dice:

    Ana: Yo también tengo mono. Más que nada porque, aunque imaginación no me falta, dentro de poco habré llegado donde os quedásteis…

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