Un ratón en la memoria

Publicado: agosto 24, 2006 de elvenbyte en Según se Mire

Juan Antonio y Vicenta, los padres de Clara, habían pagado su entrada, y ahora la acompañaban viendo el partido. A ella siempre le había gustado el voleibol. Recordaban cómo saltaba en los bancos, hacía dos años, con tan sólo catorce, cuando su equipo marcaba un tanto.

Ahora, Clara tenía dieciséis. Ya no saltaba. De hecho, sus padres ni siquiera estaban seguros de que se enterase del partido. Permanecía sentada en aquella silla, con dos enormes ruedas a los lados, como los moños de una Dama de Elche cualquiera, con la cabeza ladeada y los ojos fijos en algún lugar.

A pesar del hilillo de saliba que Vicenta le limpiaba con dulzura de vez en cuando, Clara era la chica más bonita del mundo. Su pelo era rubio como el de los ángeles, sus ojos de un azul cielo casi transparente. Sus labios rojos como la sangre, bajo una nariz pequeña y chata. Su cara encandilaba sin reservas, y su voz… Juan Antonio, al mirarla, se sorprendía recordando su voz; si era durante el día se hacía el duro, pero por la noche lloraba todo lo que el sol no le dejaba demostrar.

Clara había sido siempre muy inquieta. Siempre conseguía lo que quería, no importaba el esfuerzo, o el trabajo. Pero cuando se marcaba una meta, no se la quitaba de la cabeza hasta que la conseguía. Con cada tarea que realizaba bien en casa, una nueva pieza del velero llegaba a sus manos. Hasta que llegó el día fatídico.

Había terminado de construírlo el día de antes. Estaba ya seco, de pegamento y pintura. El control remoto funcionaba a la perfección, incluso levantaba las velas cuando era necesario. Se lo llevó al río, a unos cien metro del puente. Allí la corriente era algo fuerte, pero el agua formaba un pequeño remando, con algún remolino, donde probar el barco recién construído. Lo puso en el agua. Era precioso, con los mástiles que le llegaban al pecho. Medía de eslora poco más de un metro, y el espectáculo estalló cuando desplegó las vela y estas se hincharon con la brisa de la tarde.

Clara llevaba dos horas jugando con su velero, haciéndolo virar, cabriolar y llevándolo hacia ella. El control remoto había perdido potencia y las pilas se estaba acabando. Había enviado el velero demasiado lejos, así que se acercó a la orilla, junto a las rocas llenas de verdín…

Nadie está seguro de lo que pasó entonces. Un resbalón, lo más probable. Lo cierto es que Clara cayó al agua, al remanso, junto al remolino. Este la atrapó como a una hoja seca y la lanzó río abajo, hacia los rápidos, donde el agua la golpeó con dureza contra las rocas. Casi se ahoga.

Cuando la sacaron por fin del agua, estaba inconsciente. Pasó dos meses en el hospital. Se había fracturado la columna por varios sitios, y la mala suerte había hecho que su cabeza golpeara varias veces, causándole traumatismos por todo el cráneo. Había quedado impedida de cintura para abajo, y de cuello para arriba…

El partido de voleibol, como todos, había sido divertido, salvo para Vicenta y Juan Antonio. Había que darle a Clara todos los estímulos posibles, según los médicos, para que algún día, tal vez, respondiera a alguno. Era algo que ni siquiera ellos sabían, pero en lo que tenían mucha fe. Había precedentes.

Vicenta había dejado su trabajo en la floristería, y Juan Antonio no podía cerrar el taller o se quedarían sin ingresos. Cerraba muy tarde porque no quería llegar a casa. Pero era una contradicción, porque se moría por llegar y prodigarle a Clara todas sus atenciones. No perdía la esperanza. Ninguno de los dos lo hacía.

Los años pasaban. Clara se hacía mayor y nunca mejoró. A Vicenta le detectaron un cáncer que la llevó a la muerte en apenas un año. Juan Antonio se jubiló con muy poco dinero, aunque suficiente para él y para Clara. No tenían a nadie y le preocupaba mucho lo que pudiera pasar con su hija si a él le sucedía algo.

Dedicó su tiempo a buscar instituciones que se hicieran cargo de Clara cuando él faltara, pero había muy poca cosa, y lo poco que había no merecía su consideración. Las noches para él eran un calvario. Se las pasaba llorando, maldiciendo a Dios por haberle hecho tan desgraciado, y momentos después suplicándole por su hija. Nadie supo nunca la tristeza con la que vivía, y la cantidad de veces que se hubiera quitado la vida, si su hija ya no estuviera.

Pero algo ocurrió de repente un día. Clara empezó a hablar. Lo hizo con mucha dificultad, llevaba quince años sin hacerlo. Juan Antonio pasó horas y horas trabajando con ella, hasta que pasado un tiempo ya era capaz de mantener largas charlas con él. Un brillo de esperanza renació en aquella casa. Clara nunca volvería a andar, pero había recuperado la mayor parte de su capacidad cerebral, como un interruptor atascado al que le das con “3 en 1”.

Un buen día, con treinta y dos años, Clara le dijo a su padre que quería ser abogada. Juan Antonio no pudo negarse, y en apenas seis años se sacó la carrera, en dos más tenía su propio despacho…

Hoy en día, Clara es abogada y tiene un despacho en una ciudad que no le dio muchas oportunidades. Sigue viviendo con su padre, que ya es muy mayor, y es ella, y una enfermera profesional, quienes le cuidan. Ella sabe que no podrá tener familia propia, a pesar de que ha tenido algún pretendiente, pero no le interesa. Le gusta su trabajo y atenderá a su padre hasta que este falte.

Tiene recuerdos perdidos de cuando su conciencia vagaba sin rumbo, como ratones que se pasean por su memoria, pero procura no pensar demasiado en ellos. Sabe que al final, tiene una vida por delante.

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