Los caballeros de La Marca (segunda parte)

Publicado: agosto 22, 2006 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

-Veo que es cierto -dijo el enano-, sois caballeros auténticos.

-¿Qué quieres decir? -preguntó el comandante.

-No estoy aquí sólo. Pertenezco a un grupo que se dirige al Valle de las Sombras, en busca de Elminster el Sabio. Ha sido una suerte que os cruzárais con nosotros.

-¿Por qué? -preguntó el caballero de nuevo.

-Porque en esa dirección encontraréis ciertos peligros -contestó Gorham-, y podemos proporcionaros información.

-Di a tus amigos que salgan, y si no son muchos y sois lo que dices, esta noche compartiremos cena.

El enano sonrió con satisfacción.

-Veo que la Marca Argéntea sigue teniendo la misma calidad de hombres que siempre. Me alegro -le dijo Gorham sonriendo-. ¡Salid, son amigos!

Algunas cabezas asomaron sobre el terraplén, y el comandante les saludó con la mano.

-Podéis bajar y uniros a nosotros. Sois bienvenidos.

Los compañeros descendieron de su posición y se colocaron junto al enano.

-Decididamente, estás loco, viejo gruñón -le dijo Astrid casi en susurros.

-Deberías fijarte bien en ellos -le contestó el enano-, llevan la misma armadura que solía llevar tu padre.

Astrid miró a Gorham extrañada, y luego abrió los ojos como platos, al entender lo que quería decirle. El enano sonreía, como en mucho tiempo no lo había hecho.

* * *

El pequeño ejército de La Marca dispuso tiendas y montó guardias y patrullas nocturnas. El comandante ofreció una tienda grande para alojarlos a todos, aunque reclinaron amablemente la oferta, pues estaban acostumbrados a dormir al raso, y no se sentirían cómodos debiéndoles demasiados favores.

Bien entrada la tarde, uno de los muchos escuderos se acercó al lugar donde se encontraba el grupo.

-Buenas tardes. El comandante Ibrahim os invita a cenar con él y sus oficiales.

-Vaya, si su cena sabe igual que huele, es sin duda mejor que la nuestra -dijo Andros.

-Pero…, hay un problema…

-¿Cuál? -preguntó el enano frunciendo el ceño.

-El lobo…, es mejor que no venga -contestó el escudero.

-¡El lobo es amigo nuestro y va donde vamos nosotros! -exclamó Gorham avanzando un paso, lo cual hizo retroceder tres al joven.

-Está bien, Gorham -dijo de pronto la elfa. Se agachó y le susurro a Karuth unas palabras junto a la oreja. El lobo salió disparado a internarse en el bosque-. Puedes decirle al comandante que no tiene que preocuparse por nuestro amigo.

-De…, de acuerdo. Gracias, señora -y haciendo una reverencia, se dio la vuelta y se alejó en dirección a la tienda de Ibrahim.

Duncan sacó su hacha y comenzó a limpiarla. La miraba como en los últimos días, como un objeto que le era extraño y a la vez imprescindible. El ansia de saber más cosas de aquel arma le consumía, y los demás se daban cuenta. Lo que no podían entender era que aquel hacha era lo único que le quedaba de su clan, de su familia extinguida.

Gaylin y Andros estaban ocupados discutiendo sobre el mapa. ¿Qué camino seguirían a partir de allí? No terminaban de decidirse entre atravesar las montañas o bordearlas. A la elfa no le gustaba estar encerrada, no iba con su forma de ser, druida de los bosques de las lejanas Islas de la Luna, muy al Oeste de donde se encontraban. El explorador era partidario de no perder demasiado tiempo, y sabía que atravesando las montañas se ahorrarían muchos días, semanas tal vez.

El enano estaba perdido en sus pensamientos, pero Astrid, la semielfa, tenía muchas preguntas, ante lo que Gorham le había dicho.

-Gorham…

-¿Qué quieres, muchacha? -preguntó en un tono algo arisco.

-¡No me trates como a una niña! -exclamó-. Sabes que no me gusta. No tengo el brazo tan fuerte como tú, pero puedo igualar a cualquier hombre o elfo en combate…

-No te tortures -le cortó el enano-. Si prestas atención, esta noche te enterarás de cosas que te interesan.

-¿Por qué no me lo dijiste?¿Por qué me mentiste sobre mi padre?

-¡Yo no te mentí! -dijo Gorham poniéndose en pie-. Sólo…, sólo te oculté algunas cosas…

-¡¿Algunas cosas?!¡Me acabo de enterar de que mi padre era caballero de La Marca Argéntea!¿Eso es algunas cosas? -contestó la guerrera-. Gorham…, eres.., eres… ¡Bah! -dijo dándose media vuelta y poniendo los brazos en jarras.

El enano la cogió del brazo suavemente y la apartó unos metros de sus compañeros.

-Astrid, le prometí a tu padre que cuidaría de ti, que te entrenaría… -empezó el enano-, para que algún día pudieras reclamar lo que es tuyo. Esta noche sabrás quién era en realidad tu padre…, y tu madre.

-¡Déjame en paz!¡Ni siquiera sé si quiero enterarme! -diciendo esto último, se colocó la vaina sobre la cadera y se perdió en la espesura.

-Astrid, ¡Astrid!

-Déjala… -le dijo Duncan poniendo una mano en el hombro del enano-. Necesita estar sola un rato. Acabará entendiendo -Gorham se quedó mirando el hueco que había dejado en los arbustos.

-Astrid, yo… -el enano se dio la vuelta y se acercó de nuevo al grupo-. Será mejor que vayamos a cenar. Está anocheciendo, y a estos hombres les gusta levantarse temprano.

Todos se dirigieron al lugar donde les esperaba el comandante, salvo la elfa, que decidió tener una pequeña charla con Astrid, y se perdió silenciosa en la espesura, siguiendo los pasos de la guerrera.

* * *

Gaylin no tardó en oir los sollozos de la semielfa. Se acercó silenciosa en aquella dirección hasta que pudo ver, tras la maleza, a Karuth lamiendo las manos de Astrid, que lloraba desconsolada. La elfa se acercó despacio, conocía el bosque y no quiso importunarla. La dejó llorar hasta que las últimas lágrimas hubieron abandonado sus bonitos ojos almendrados, de elfa, herencia de su madre.

-Astrid, deberías acudir a la cena.

-¡¿Para qué?!¡¿Para que me digan que mi padre era un violador de elfas?! -dijo indignada. Nuevas lágrimas acudieron a su rostro.

-Los caballeros de La Marca Argéntea de Mith Drannor son famosos en todo Faerun -empezó Gaylin, mientras se sentaba junto a la semielfa y le pasaba un brazo por el hombro-. Son seleccionados de una forma muy especial. Un consejo de elfos venidos de muchos lugares como Luna Plateada o Siempreunidos, formado por poderosos servidores de los dioses, en constante comunión con ellos, se reúne sólo para decidir si el caballero es merecedor de portar La Insignia del Mythal, uno de los símbolos más sagrados que existen, no sólo en Faerun, sino en todo Abeir Toril -la guerrera escuchaba con atención, aunque sin mirar a la druida-. ¿En serio crees que tu padre pudo haber sido un violador de elfas?

Gaylin hizo una pausa y la observó. Empáticamente, comenzó a detectar algo de paz en el espíritu de Astrid. Se levantó y le ofreció sus manos.

-Sigue el dictado de tu corazón. Tienes sangre elfa, y rara vez se equivocan los corazones elfos, en lo que a sentimientos y herencia se refiere.

Astrid se secó las últimas lágrimas y se puso en pie ayudada por la elfa. Juntas se encaminaron hacia el campamento humano.

* * *

-Aquí vienen, comandante -dijo el oficial.

Todos se pusieron en pie, y el enano saludó como dictaba el protocolo de los caballeros, mientras el resto de grupo se miraba extrañado tras él. Se sentaron en el lugar que les habían reservado, cediendo el oficial su sitio a Gorham, a la derecha del comandante.

-Dijiste que tenías cosas que contarnos, sobre un lugar en la dirección hacia la que nos dirigimos -empezó el caballero.

El enano masticó un trozo de venado, lo hizo pasar con un trago de buen vino elfo, y se giró con la copa hacia el comandante.

-Por supuesto, no mejora la cerveza enanil que fabrican mis primos en Mithrill Hall, pero es bastante bueno -dijo Gorham. El comandante no apartó su mirada de Gorham. Éste gruñó débilmente, mirando a sus compañeros, que a su vez le observaban disimuladamente mientras comían su cena-. Señor, nos hemos encontrado con una criatura a la que no había visto nunca, ni siquiera había oído hablar de algo así. Se meten en los sueños, como vulgares deshuellamentes, y tienen el aspecto de afables ancianas en casas en medio del bosque, como feas brujas o banshees. Cuando son importunadas o tratas de defenderte de…, eso, el poder que desarrollan es formidable -paró un momento y bebió otro sorbo de vino. Luego continuó-. Los enanos de las montañas no sufrimos de eso a lo que los humanos llamáis miedo…, pero lo tuve. Es algo malo que no pertenece a este mundo.

El comandante se tocó la barbilla con los dedos. Pareció pensar durante un momento y luego habló.

-Las criaturas de las que hablas se llaman espectros -dijo Ibrahim-. Son criaturas perversas, malvadas, llenas de odio y de…, magia arcana. De hecho se alimentan de ese poder. Y en algo tienes razón, maese Gorham: no pertenece a este mundo, al menos no a este plano.

-Me lo suponía… -dijo el enano, sin darse cuenta que los sitios de Gaylin y Astrid ya estaban ocupados. Volvieron en silencio y saludaron a sus compañeros con un movimiento de cabeza, viendo que estaban pendientes de la conversación que mantenía Gorham con el comandante.

-Deduzco que os habéis enfrentado con una de estas criaturas.

-Así es, comandante, y salimos victoriosos…, por muy poco. De hecho no estoy seguro de haberla derrotado, sólo desapareció de nuestra vista.

-Detectó que érais demasiado poderosos para ella -dijo el caballero-, y decidió quitarse de en medio. Nosotros vamos a la caza de algunos de estos seres, como refuerzo a los ejércitos del bien en el Oeste.

-¿Os ha enviado Elminister? -preguntó el enano.

-Ja, ja, ja -rió Ibrahim-. No, amigo. Nos envía la dama Alustriel, de Luna Plateada. Y ahora comamos, y no hablemos más de estas criaturas, se me agría el vino en el estómago, maese Gorham.

-Estoy de acuerdo -respondió el enano, tratando de limpiarse las manos grasientas en un trapo que puso sobre los pantalones.

-Tengo cierta curiosidad… -empezó el comandante-. ¿Cómo es posible que un enano de Mithrill Hall conozca tan bien las costumbres y usos de los soldados de La Marca?

Gorham miró alrededor. Vió a Astrid que, de repente, empezó a prestarle a la charla mucha más atención. El enano se giró al comandante, con un gesto decidido.

-La historia es muy larga, señor, pero trataré de resumirla lo mejor posible -empezó Gorham-. Hace veintidós años serví para Sir Goldwin Goldenaar, fui compañero suyo y gran amigo. De hecho, él mismo fue el mejor amigo que he tenido nunca.

-Sir Goldwin Goldenaar…, sí, serví bajo su mando, hace mucho… -contestó pensativo el comandante.

-Lo sé, señor. Cuando os vi el rostro, reconocí a un viejo teniente de caballería que fue condecorado por el general Deevers, tras la Batalla de las Tres Lomas, al Sur de Argluna.

-Sí, lo recuerdo, pero no te recuerdo a ti.

-Éramos muchos enanos los que luchábamos entonces brazo a brazo con los caballeros, cuya lealtad sigue siendo legendaria -dijo Gorham-. Sin embargo, hoy en día, los enanos escondemos la cabeza ante problemas que dicen los mayores no ser nuestros…

-Sir Goldwin…, ¡ahora lo recuerdo! -el enano levantó los ojos-. ¡Claro! ¡Fue una gran ceremonia! El magistrado de la Ciudad Perdida, casó a su hija con él. Fue algo muy sonado, pues no aceptó la mano de la elfa, hasta que aquella no jurase que era lo que realmente quería. Él esperó dos largos años hasta que ella estuvo segura… Jamás vi amor igual de un hombre por una elfa, y totalmente correspondido. Fue una bella historia de amor…

-Sir Ibrahim, no creo que… -empezó el enano.

-Sin embargo, ella murió…, al dar a luz, si no recuerdo mal… -Gorham decidió terminar con aquello, antes de ver sufrir aún más a su pupila.

-Comandante -dijo el enano poniéndose en pie y señalando a la semielfa-, le presento a Astrid Goldenaar, la hija de Sir Goldwin.

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