Los caballeros de La Marca (primera parte)

Publicado: julio 15, 2006 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

El grupo utilizó el resto del día y parte del día siguiente para descansar. Había prisa y eso no lo habían olvidado, pero les estaban ocurriendo algunas cosas que no podían ser meras casualidades. Les habían sacado de una peligrosa, pero interesante aventura, para meterlos de lleno en un mundo infestado de nuevos problemas a los que enfrentarse. Ellos parecían haber sido erigidos adalides de los dioses, unos dioses que ya no les parecían tan poderosos, puesto que el grupo había descubierto que hay seres más superiores que las deidades mismas, sumando a esto que esas mismas deidades ahora caminaban por el mundo como simples mortales.

No dejaron pasar mucho más tiempo y se pusieron de nuevo en marcha. Empezaba a ser aburrido para ellos. Casi cada día, sus esfuerzos por acelerar su marcha se veían interrumpidos por algún percance, de tipo mágico o no, pero que frenaba sus espectativas, y hacía lejano el encuentro con Elminster.

Gorham mantenía el mismo aire enfadado que llevaba desde poco antes del encuentro con la banshee. Duncan seguía pensando en los posibles poderes mágicos de su hacha. Siempre había confiado en su propia fuerza, en su aprendizaje de guerrero y en los consejos de su fallecido padre, pero ahora, esas fuerzas mágicas externas a él, parecían regir su vida y su futuro más inmediato.

De Andros había poco que decir. Su pasado era muy desconocido, incluso para él, y su carácter introspectivo hacía que sus propios compañeros no le prestaran demasiada atención. La mayor parte del tiempo lo pasaba oteando el horizonte, adelantándose al grupo en pos de encontrar alguna trampa que les dificultara aún más su camino. O bien en la retaguardia, junto al bárbaro, desconfiando de cada sombra, de cada movimiento inesperado.

Astrid permanecía pendiente de Gorham. Hacía tiempo que el enano se había vuelto taciturno, como si sintiera que su misión no fuera con ellos. A pesar de ser clérigo, no le gustaba la magia de los hechiceros, y en esta aventura había demasiada. A la semielfa le dolía que su amigo, que la había tratado durante tanto tiempo como a su propia hija, ahora la tratara igual que al resto de los componentes del equipo. Estaba enfadado por algo, y lo iba a descubrir.

Iban todos en silencio, cuando Karuth dio un ladrido mirando al frente. Todos levantaron la vista y vieron la nube de polvo que aparecía en la distancia.

-¡Jinetes! -dijo Andros-. ¡Escondámonos!

Miraron a uno y otro lado, decidiéndose al final por la ladera que empezaba a ascender unos metros al norte del camino. Subieron todos y el lobo esperó a que Gaylin hubiera terminado la ascensión. En la cima del montículo había un buen lugar para observar los hombres a caballo que llegarían de un momento a otro. Observaron en silencio.

Al llegar el grueso del grupo, se dieron cuenta de que había unos cincuenta jinetes cubiertos de polvorientas armaduras, que hacían cara de estar cansados. Los caballos, enormes corceles de guerra, sacaban sus lenguas sedientos. Podía verse el brillo del sudor en la piel de las monturas, y en la frente de los hombres que llevaban la visera del casco levantada. La formación era de a cuatro, salvo en la vanguardia, donde iban los mandos de a dos, y en la retaguardia, donde dos caballeros cerraban la formación portando dos estandartes con leones rampantes rojos.

-Son caballeros de la Marca -dijo Gorham en un susurro.

-¿De la Marca? -preguntó Duncan sin dejar de observar el pequeño ejército.

-Se refiere a la Marca Argentea -respondió Astrid-. Los Jinetes de la Marca Argentea protegen los territorios que un día pertenecieron a Mith Drannor, la legendaria ciudad de los elfos. Aún, hoy en día, mantienen su juramento.

-Pero están muy lejos de su hogar -dijo Andros-. ¿Qué diablos hacen por aquí?

-¡Bien!¡Habrá que preguntárselo! -dijo Gorham poniéndose en pie.

-¡¿Te has vuelto loco?!¡Van a verte!

-Eso es exactamente lo que quiero, elfa -le dijo a Gaylin sin siquiera girarse.

Todos se quedaron en su sitio, esperando a ver qué era lo que hacía el enano.


Gorham avanzó sin miedo hacia la columna de caballeros, que se paró de inmediato a una señal de su comandante. Cuatro jinetes se acercaron hacia el enano rodeándole y apuntándole con sus lanzas. Otro jinete, que vino desde la vanguardia de la columna, de mayor graduación, se colocó en medio de dos de los lanceros, y se quedó mirando a Gorham con cara de curiosidad.

-¿Y tú de dónde sales, amigo? -dijo el oficial.

-¿Vas a decirle a tus hombres que retiren las lanzas? -dijo el enano poniéndose en jarras.

-Aún no. Hace tiempo que no veo enanos en las estribaciones…

-Mis congéneres deben estar escondiendo la cabeza en sus minas, y desentendiéndose del resto del mundo, como hacen siempre -le interrumpió Gorham.

-Vaya, un enano gracioso, ja ja ja -todos los caballeros se rieron con el oficial.

Gorham echó mano del mango de su hacha y las risas cesaron.

-No te lo recomiendo, amigo -dijo de inmediato uno de los hombres que apuntaban con las lanzas al pecho del enano.

Gorham levantó la vista cuando oyó unos cascos que se acercaban lentamente. Luego, detrás del oficial, oyó una voz aún más grave, y que parecía tener más autoridad.

-¿Qué ocurre, Sir Godyart?

-No es nada, comandante. Sólo un enano de las montañas en tierra peligrosa -dijo el oficial mirando a Gorham de reojo.

-Entonces, ¿no es un espectro?

-No, señor. No lo parece. Intentó coger el hacha ante lo que consideró una ofensa.

-¿Y qué pasa conmigo? -preguntó el enano hastiado de tanta conversación-. ¿Es que nadie me va a pedir opinión?

El comandante y Sir Godyart se giraron para mirar a Gorham.

-Tienes razón, amigo -empezó el comandante-. Siento haberte asustado, pero corren malos tiempos para tener amistades dudosas. Levantad las armas, este enano es libre y puede ir por donde quiera.

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