Un nuevo escollo en el camino (II)

Publicado: junio 13, 2006 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

La lluvia seguía golpeando con furia contra el suelo. Los compañeros se acercaron a la cabaña tratando de ser discretos, aunque se sentían bien protegidos por la lluvia, a ese respecto. Al llegar a la puerta, esta se abrió de repente, sobresaltando al explorador, que precedía a la comitiva.
-¡Vamos, pasad! -dijo la anciana, sorprendiéndolos a todos-. Estáis empapados. Pasad y acercáos al fuego.
Se miraron entre ellos, pero avanzaron para entrar en el habitáculo. Gaylin y Karuth, el lobo, cerraban la comitiva. Al ver al animal, la vieja puso mal gesto.
-El lobo no. Él debe quedarse fuera -la elfa miró a la anciana con algo de reproche, pero en seguida entendió que la cabaña era pequeña, y los animales, en el fondo, deben permanecer en el exterior.

Asintió, como forma de decirle a la anciana que estaba de acuerdo, y se agachó para decirle unas palabras a Karuth, al oído, que nadie escuchó. El lobo, de inmediato, buscó el sitio más cómodo y menos mojado debajo del porche, y se tumbó allí. Gaylin entró en la destartalada vivienda y detrás de ella la anciana cerró la puerta con un sonido de goznes largo tiempo sin engrasar.

Los miró a todos con mirada escrutadora, como si quisiera estudiarlos antes de entablar cualquier tipo de conversación con ellos. Ellos también la miraban, mientras dejaban caer el agua que empapaba sus ropas. Luego emitió una cálida sonrisa que rompió la tensión que empezaba a formarse en el ambiente.

-Bien, bien, bien… -dijo la anciana-. ¿Qué es lo que nos ha traído hoy la lluvia? No tengo comida y ya he cenado, así que lo único que puedo ofreceros es cobijo y el calor del fuego.

-No se preocupe, señora -respondió Astrid-. Nos conformamos con eso, y se lo agradecemos.

-Será mejor que descansemos -dijo el enano mirando a la vieja con disimulo, que no les quitaba el ojo de encima.

La anciana, de repente, dejó de observarlos y se puso delante del fuego, a hacer lo que estuviera haciendo antes de su llegada.

-No me fío de esta arpia -susurró el enano en el oido del bárbaro, aprovechando que este se había agachado extendiendo su manta bajo la ventana.

-No seas aguafiestas, Gorham. Sólo está siendo solidaria con nosotros. Nos iremos en cuanto salga el día.

Trataron de acomodarse lo mejor que pudieron, dado el tamaño del habitáculo. Se decidieron las guardias a pesar de que la anciana trató de convencerles de lo innecesario de las guardias, estando ella allí y el lobo fuera. El sueño no tardó en llegarles.

Mientras Duncan montaba su guardia, la anciana salió con un plato con algo de comida para Karuth, que dormitaba fuera.

-Ese animal también tiene derecho a un plato caliente -le dijo la mujer al bárbaro mientras colocaba el plato bajo el porche.

-Estás siendo amable con nosotros. Te lo agradecemos.

La mujer hizo un gesto con la mano restándole importancia.

-Sólo es un poco de hospitalidad con unos viajeros que han tenido la mala fortuna de toparse con esta tormenta.

-Aún así… -continuó Duncan.

-¡Bah! -le interrumpió la anciana-. Ya te he dicho que no tiene importancia. Creo que voy a tratar de dormir yo también un poco.

Diciendo esto, se acurrucó junto a Astrid, para recibir un poco de su calor, pensó el bárbaro, que miró hacia fuera de la cabaña, y vio cómo el lobo estaba tumbado dormitando.

* * *

Astrid había caído en un profundo sueño, tras notar el calor de sus compañeros, adormecida por el tamborileo del agua sobre las tejas de la cabaña. Sintió una presencia fría a su izquierda. Abrió un ojo y vio que la anciana se había tumbado junto a ella. No le prestó atención y volvió a quedar profundamente dormida.

En su sueño, la anciana trataba de abrazarla. Pero había algo raro en su actitud.

-Hija, abrázame, necesito tu calor… -decía la mujer.

-Claro, anciana, ven para que pueda consolarte.

Pero cuando la anciana la abarcaba con sus brazos, estos se volvían largos y rugosos, como las ramas de un árbol viejo. Entonces notaba cómo se quedaba sin fuerzas, casi sin poder emitir palabras, y la anciana, con la cara cadavérica, con una sonrisa espeluznante, sólo decía:

-¡Así, así!¡Dame tu calor para que pueda alimentarme de él!¡Déjame entrar en ti!

Astrid trataba de esquivar el abrazo, pero sus fuerzas la abandonaban y no podía quitársela de encima…

En mitad de la guardia, Duncan oyó los gemidos de Astrid, y se giró para mirarla. Vio que se removía inquieta en su posición. La jornada nos está afectando a todos, pensó. Pero entonces se dio cuenta de que había algo extraño. La anciana la abrazaba con sus brazos, aprentándose contra ella y sonriendo, con lo que mostraba una dentadura corroída. Supo que algo andaba mal.

-Suéltala, vieja -ordenó el bárbaro a la anciana.

-¿De verdad crees que podréis conmigo, humano?

Duncan asió el hacha con ambas manos al tiempo que la anciana salía despedida flotando hacia el techo de la cabaña. Este se desprendió de la misma despertando a todos, y Astrid trató como pudo de incorporarse, aunque se sentía apenas con fuerzas para hacerlo. Gorham se levantó de un salto, y lo mismo hicieron Gaylin y Andros, el explorador, prestos todos sus armas, preguntándose qué es lo que ocurría, y mirando ora al bárbaro, ora a la anciana que flotaba casi sobre ellos.

La vieja comenzó a reírse con una voz que parecía provenir de las grietas más recónditas del Abismo.

-¡Dormid!¡Dormid, para que pueda alimentarme de vosotros! -dijo extendiendo las manos hacia el grupo.

Todos sintieron mucho sueño entonces, pero ninguno de ellos sucumbió a los efectos mágicos de la abominación en la que se había convertido la bruja. Andros fue el primero en atacar, lanzando una estocada al aire con su espada. La bruja esquivó el ataque maldiciendo, y lanzó el suyo por encima del hacha del bárbaro, al que no le dio apenas tiempo de enarbolarla. El explorador rodó por el suelo con agilidad, y el enano aprovechó para hendir su hacha en el monstruo, pero sólo consiguió rasgar unos ropajes raídos.

Duncan notó que el hacha vibraba en sus manos. Asiéndola desde la parte más alejada de la hoja, por encima de las cabezas de sus compañeros, consiguió acertar en el bulto que formaba la espalda del engendro, notando que esta se hundía en carne putrefacta y maloliente.

-¡Malditos y malditas vuestras armas encantadaaaaaas! -y tras estas palabras, que les recordó el grito de la banshee, desapareció de su vista.

El tejado de la casa comenzó a derrumbarse, y todos salieron al exterior asombrados del episodio, mirando cómo la cabaña se derrumbaba, detrás de Karuth, que parecía despertar de un sueño en aquel momento.

Todos estaban estupefactos, salvo el enano, que miraba los restos ceñudo.

-¿Es que tendré que aguantar el agua de la lluvia por mucho tiempo más? -protestó-. Sigamos nuestro camino. No queda mucho para que salga de nuevo el sol.

La tormenta pareció arreciar un poco, convirtiéndose algo más tarde en una fina llovizna, para desaparecer por completo cuando el sol, tras las nubes, empezaba a iluminar el mundo. Ellos ya se habian alejado lo suficiente de la cabaña, y aunque estaban cansados, no quisieron parar aún. Hasta que el hambre les obligó a pensar en el desayuno, y la humedad y el frío se impusieron de nuevo sobre su ánimo.

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