Un nuevo escollo en el camino (I)

Publicado: mayo 30, 2006 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

La aventura con la banshee les había proporcionado un quebradero temporal de cabeza, pero también una nueva pista. No el monstruo en sí, sino su apresurada convivencia con el alcalde, y, sobre todo, con su mujer. Había resultado ser una antigua servidora de Helm, el dios de la justicia, y aún conservaba su poder. O eso, o había tenido mucha suerte lanzando su hechizo de curación sobre Gorham.
Abandonaron el pueblo con prisas, aunque no más que las que ya tenían de por sí; por recorrer el camino que tenían por delante y llegar hasta Elminster, tan lejano e inaccesible para ellos. Se les hacía agotador, sólo de pensarlo. Pero estaban decididos a no abandonar, y de hecho no lo harían; al menos no por voluntad propia.
Hacía dos días que habían dejado el pueblo y su reciente aventura. El tiempo no parecía estar dispuesto a ofrecerles bonanza, y más de una noche tuvieron que hacer uso de sus capas de invierno.
Poco a poco, una neblina pegajosa se había ido adueñando del ambiente, y una llovizna suave, pero insistente, los calaba casi sin que se dieran cuenta, hasta que se notaban empapados y fríos.
-Vuelve a amenazar tormenta -dijo Andros mirando hacia el gris del cielo.
-¡Diablos! Será mejor que avisemos al resto -respondió el enano-. ¡Estoy harto de mojarme cada vez que abandonamos una población!
Gorham y Andros habian salido a explorar el terreno, mientras el resto del grupo les esperaba no lejos de allí.
Se encaminaron rápido hacia el lugar de reunión e informaron. El parte lo dio Andros, al tiempo que Gorham refunfuñaba y hacía aspavientos, fastidiado por la situación. De todas formas, el carácter del enano no era nuevo para ellos.
-La arboleda del este es el comienzo de un pequeño bosque que quizá se extienda un par de millas en esa dirección -dijo el explorador mirando al grupo. Duncan le miraba con la mano apoyada en su enorme hacha de batalla -. Pero deberíamos buscar refugio antes de pensar en atravesarlo.
-Podríamos resguardarnos bajo los árboles, si son suficientemente frondosos -dijo Gaylin, acariciando la cabeza de Karuth. Este ronroneó y movió el rabo-, igual que hicimos antes de llegar a Pueblo Viejo.
-¡Ni lo sueñes, elfa! -exclamó el enano-. Esta vez no pienso dejar de caminar hasta que encuentre algo bajo lo que pueda cobijarme.

La tarde estaba avanzada, y el espesor de las nubes ennegrecidas no dejaba entrever los últimos rayos de sol, que aún iluminaba el oeste.

La oscuridad cayó sobre ellos como un manto pesado y húmedo; no tardó en descargarse la lluvia.
-No me acostumbro a este tiempo… -dijo el bárbaro entre dientes.

Los demás ni se molestaron en contestar. Siguieron andando, con la vista fija al frente por si conseguían localizar alguna hendedura o tejado rocoso donde resguardarse, sin ver nada a través de la cortina de agua.

Tras algunas horas de dura caminata, y en un momento en el que parecía haber amainado un poco, vislumbraron una luz titilante hacia el norte. No estaría a más de media milla de distancia. Se acercaron hasta que estuvieron a poco más de cien yardas, y decidieron explorar.
-Andros… -empezó el enano.
-Esta vez iré yo -cortó Astrid, la semielfa, adivinando los planes de Gorham.

Dejando sus enseres sobre la hierba mojada, y armada sólo con su espada y su daga, se dirigió hacia el lugar de donde procedía la luz. Lo hizo de forma sigilosa, aunque hubiera sido difícil detectarla, teniendo en cuenta el ruido de la lluvia sobre las hojas caídas en el suelo del bosque. En seguida vio la cabaña. Una vieja y maltrecha estructura de madera en medio de un claro, con un fuego cuya luz podía verse a través de dos ventanas bajas, que alimentaba una chimenea por donde escapaba un humo negro, espesado por la humedad. No parecía haber ningún peligro cerca. Ninguna mascota avisó de la presencia de la semielfa.
Se acercó un poco a la cabaña, amparándose en la oscuridad del entorno, y observó un leñero en un lateral. Un pequeño porche, casi derrumbado, desaguaba por un lateral con un chorro continuo que formaba una pequeña charca, en una de las esquinas de la construcción. Se fijó en las ventanas. Una forma encorvada se paseaba de un lado a otro con pequeños objetos que tiraba de inmediato a la chimenea. Astrid pensó que se trataba de madera para alimentar el fuego. Estudió un poco más el entorno, por si hubiera alguien haciendo guardia.

Una vez que se hubo cerciorado de que no había peligro en los alrededores, se decidió a correr, agachada, hasta situarse debajo de la ventana. Quería ver también el interior, para estar segura de lo que les diría a sus compañeros. Recorrió la corta distancia en apenas unos segundos. Alzó lentamente la cabeza, lo justo para poder ver el interior de la estructura, preparándose para contar el número de individuos, pero no le hizo falta. La cabaña era muy pequeña, y sólo una anciana, tapada con una vieja manta, a modo de capa, ocupaba la estancia. A su izquierda había un improvisado jergón de paja sobre el suelo, en el centro una mesa con dos sillas y a la derecha una chimenea que apenas caldeaba la habitación. La anciana estaba cociendo algo sobre el fuego. Astrid se dio cuenta de que llevaba muchas horas sin comer, y su estómago empezaba a reclamárselo. A su olfato llegó un olor delicioso a sopa de ajos bien caliente. Le extrañó que no hubiera goteras, con la que estaba cayendo, pero no le dio importancia. Dando un suspiro, se dijo que había visto suficiente, y decidió volver con sus compañeros.
De la misma forma que había llegado, se puso a la vista en el claro durante pocos segundos, aunque quizá de forma algo más descuidada, ya que al llegar al punto entre la cabaña y el comienzo del follaje, su espada tropezó con una piedra que sobresalía un palmo del suelo.
-¡Maldición! -barbotó casi en silencio.
La espada hizo un ruido sordo y la semielfa corrió todo lo que pudo, hasta que se sintió bien a salvo detrás de un matorral alto, desde el que observó la cabaña por si la habian oído. Oyó, más que vió, cómo la puerta se abría, girando sobre unos goznes mal engrasados; un sonido que contrastaba con la fuerza natural de la lluvia. Vio salir a la anciana, justo hasta donde el porche la protegía. Miró a uno y otro lado, y encogiéndose de hombros volvió a internarse en la calidez del habitáculo. La semielfa emitio un suspiro de alivio y se dio la vuelta, pensando en lo que les contaría a sus amigos sobre la exploración.

-La semielfa está tardando demasiado -dijo Duncan.
-La verías venir por tu espalda, si no estuvieras tan preocupado de sacarle brillo al mango de tu hacha, amigo -le respondió Gorham con una mirada pícara.
El bárbaro se giró velozmente y vio llegar a Astrid entre la lluvia. Pensó que cada día soportaba menos el caminar silencio de los elfos.
-Es una cabaña destartalada -empezó la semielfa antes incluso de llegar a la posicion-, con una humana anciana en su interior. No creo que se trate de ninguna bruja, sino más bien alguien que vive en el bosque. Quizá una druida.
Gaylin levantó la vista al oír el nombre de su oficio.
-¿Estás segura? -preguntó.
-Bueno…, no del todo -contestó Astrid-. Al menos es lo que parece, aunque no le he visto todos esos abalorios que llevas tú encima.
-¿A qué estamos esperando? Es un refugio, ¿no?
Con estas últimas palabras de Andros, y un gañido de Karuth, todos se pusieron en marcha, camino de lo que parecía un refugio provisional.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s