En busca de la banshee (tercera parte)

Publicado: enero 26, 2006 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

Todos entraron y se acomodaron en aquel granero, que parecía más pequeño por fuera, pero que a todos les sobraría para pasar el resto del día, y descansar durante la aquella noche.

Apenas hablaron durante largo rato, aunque tenían en la mente las palabras del alcalde. Todos habían oído hablar de las banshees, a excepción del bárbaro, que supo que debía ser una criatura peligrosa, viendo las caras de sus compañeros.

Astrid, Gorham y Andros, engrasaban su armas; Gaylin trataba de tranquilizar a su lobo, que se encontraba muy inquieto desde que habían entrado en la aldea; y Duncan les observaba, pensando en cuál sería la decisión que tomarían todos respecto al mal que aquejaba a aquella afable aldea.

Al final, Gaylin fue la primera en hablar.

-Tenemos que ayudarlos. No podemos dejar a esta gente a su suerte.

-Maldita elfa… -murmuró el enano-. Sabía que dirías algo así.

-Yo estoy de acuerdo con la druida -dijo Duncan mientras acariciaba el mango de su hacha, sintiendo el tacto cálido de los símbolos mágicos que había tallados en él.

-Yo también estoy de acuerdo -dijo Andros.

-Y yo -exclamó también Astrid.

-¿Desde cuándo se convertido esto en una maldita votación? -preguntó Gorham disgustado-. Maldito sea este pueblo y maldita esta aventura -se levantó, puso el hacha en su formidable espalda, y salió del granero.

-¿Qué diablos le pasa a Gorham? -preguntó el explorador. Astrid dio un ligero suspiro y se encaró con sus compañeros.

-Deberíais ser un poco más comprensivos con él, para variar un poco.

-¿A qué te refieres, Astrid? -preguntó Gaylin, mientras rascaba a Karuth entre las orejas.

-El hermano de Gorham murió a manos de una de esas brujas -contestó la semielfa-. Fue hace muchos años. Consiguieron derrotarla, pero los recuerdos son algo con lo que hay que aprender a vivir, y algunos que a él aún se le resisten.

-Eso lo explica todo. Iré a hablar con él -dijo el explorador empezando a levantarse.

-No, Andros -le dijo el bárbaro-. Gorham necesita estar un rato a solas. Es mejor así. Que tome él su decisión.

Las palabras de Duncan parecieron zanjar el asunto, y al momento sonaron unos golpes en la puerta. Todos se pusieron en guardia, entonces la puerta se abrió despacio, y tras ella apareció una mujer, entrada en años, con una bandeja repleta de tazas humeantes y un plato lleno de frutas.

-Bienvenidos a Pozo Viejo -dijo la muejr del alcalde-. Espero que disfruten de la comida. Sólo es un caldo, pero os quitará el frío y la humedad de los huesos.

-Huele delicioso -dijo la elfa-. Muchas gracias Elma.

-No hay de qué. Mi marido dijo que vendríais a cenar, y que érais cinco…

-El enano se ha ido a pelearse consigo mismo -dijo Andros. La mujer hizo un gesto de extrañeza.

-No le haga caso -dijo Astrid-. Allí estaremos.

-Hasta luego entonces -y la mujer cerró la puerta tras de sí.

Dos horas después, abandonaban el granero los amigos, pensando en la resolución que habían tomado al respecto. Cada uno con sus propias razones y sus propios miedos. El enano pensaba en lo sucedido muchos años atrás, ni siquiera conocía aún al padre de Astrid, pero un aluvión de recuerdos familiares se agolpaban en su mente llenándole el corazón de furia desbocada hacia la banshee, que aún no conocía.

A Duncan sólo le presionaba la curiosidad. Al fin y al cabo ya se habían enfrentado a criaturas malignas y muy peligrosas. Él mismo llevaba en una bolsa de cuero, el cuerno de un demonio, un vrock, como eran conocidos en los reinos. Pensaba que sólo la cabeza de un dragón valdría más prestigio que aquel cuerno mutilado.

Los demás conocían las banshees sólo de oídas, o de los cuentos que se narran en las hogueras nocturnas, cuando el sueño tarda en acudir.

Pero todos y cada uno de ellos tenía su propia convicción.

-Alegra ese gesto ceñudo, Gorham -le dijo Astrid al enano.

-Escuchadme todos con atención -se giró Gorham, haciendo que el resto se frenara en seco, a sólo unos pasos de la puerta de la antigua posada-. Por lo que yo sé, ninguno de vosotros se ha enfrentado antes a una de estas criaturas.

-Es sólo un peligro más… -dijo el explorador.

-Déjame terminar, humano -le cortó Gorham-. No dudo de vuestro valor, el de todos, ni de vuestra destreza como guerreros, pero sé lo que hacen esas brujas, y sé hasta dónde llega su poder. Pensadlo bien, no quiero perder un amigo por una aventura sin sentido.

-Tus palabras son sabias…, a tu manera, enano -dijo Gaylin acercándose a él y colocando una mano sobre su hombro en señal de afecto-, pero aún hemos de enfrentarnos a males aún mayores.

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