En busca de la banshee (sexta parte)

Publicado: enero 26, 2006 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

-¿En algún lugar? -preguntó Astrid perpleja-. Podemos tardar días en encontrar esa cueva…

El alcalde la miró circunspecto.

-Creemos, en el pueblo, que estará más cerca que lejos, pues no pasa mucho tiempo desde que las víctimas desaparecen en el bosque hasta que la banshee interrumpe su canto.

-Podría ser que la propia bruja se acercara lo suficiente, matar al indefenso, y luego lo llevara a su guarida -sugirió el bárbaro.

-Podría ser -contestó el alcalde-, pero de ser así siempre podríais seguirla hasta el lugar, y una vez allí darla muerte.

-No parece un mal plan -volvió a decir Duncan.

Así pasaron la mañana, haciendo y deshaciendo planes, hasta que llegó la hora de comer. Elma volvió a cocinar, esta vez una sopa de ajo con lo que había sobrado del estofado de la noche anterior. No hablaron mucho entre ellos, sólo algunos comentarios triviales, sin importancia, y sin nada que ver con la misión que emprenderían esa misma noche.

Por la tarde, cada uno empezó a prepararse a su manera. Duncan afilaba su hacha, aunque sabía que por sus cualidades mágicas era un trabajo innecesario. Pensaba en su niñez, en los páramos con el resto de su clan ya desaparecido. Astrid se sentaba en el porche de casa de Fairchild, mientras el explorador revisaba su equipo, preparándose para el combate de la noche. Karuth permanecía acostado cerca de Gaylin, la druida, que meditaba al estilo de los suyos, comulgando con la Madre Tierra. Gorham se acercó silenciosamente a la elfa.

-Me parece que no tiene mucho sentido eso que haces -dijo de improviso. Gaylin dio un respingo asustada momentáneamente, girándose inmediatamente hacia el enano.

-No vuelvas a hacer eso, me has asustado.

-Lo siento. No era mi intención -dijo el enano rascándose avergonzado la nuca.

-¿A qué te referías con lo que has dicho? -preguntó la elfa adoptando una postura más cómoda, y quedando frente a Gorham, que también se había sentado y miraba de reojo al lobo, que observaba la conversación con ojos aburridos.

-Lo decía en el sentido de que tu diosa ha desaparecido.

-Que no se encuentre en los planos no quiere decir que no pueda atender a mis plegarias, donde quiera que esté -dijo Gaylin con la esperanza y la fe reflejadas en su rostro élfico.

El enano miró a otro lado avergonzado. Al poco se levantó y se dio media vuelta hacia la vieja posada.

-Gorham… -empezó la elfa con tristeza, pues veía dudas en el rostro de su amigo. El enano se giró un momento y la miró a los ojos. Luego dijo:

-Es admirable la lealtad que profesas a tu diosa. Serías una gran paladina.

Gaylin le observó alejarse, y creyó ver muy clara la frustración que sentía su compañero por todo lo que estaba sucediendo. Vio tambalearse sus creencias, y se dijo que tenía mucho trabajo que hacer, no sólo por la lucha que les esperaba con la banshee, o con su búsqueda de Elminster el Sabio, sino con sus amigos en general. Para ella todo aquello no era más que una prueba de la que tenía salir victoriosa para demostrar que la Madre Tierra tenía en ella a su más devota servidora.

La noche no tardaría mucho en caer, así que se levantó y fue a buscar a sus amigos, seguida por Karuth, para reunirlos y estar preparados para su aventura.

* * *

La noche llegó más rápido de lo que se hubieran atrevido a admitir. Todos estaban ya preparados, y no quisieron cenar para que la modorra de la tertulia no enturbiara sus mentes. Hicieron bien, pues les haría falta toda su lucidez para resistirse al embrujo.

Ninguno osó decir nada mientras esperaban dentro de la casa. La noche se hizo cerrada, y la luna era sólo una sombra de luz detrás de las nubes. Los aullidos lejanos de los lobos hacían el ambiente aún más opresivo y amenazador.

El alcalde y su mujer estaban juntos frente a la chimenea, dándole la espalda a los compañeros. Entonces comenzó a oírse el canto. Un lamento agudo, que se metía por los oídos de los héroes punzando insistentemente los tímpanos. Intentando abrirse camino hacia las mentes de los allí reunidos.

Elma apretó sus manos contra el brazo de su marido, con una mezcla de asco y odio en su mirada. El alcalde apenas se dio cuenta.

-Ya ha comenzado… -dijo Gorham mirando al suelo y apretando fuerte el mango de su hacha, haciendo que sus nudillos se volvieran blancos.

Astrid se levantó a mirar por la ventana.

-Hay que empezar el trabajo -dijo de repente-, ya hay gente dirigiéndose hacia el bosque.

Todos se levantaron, y sin mirar atrás salieron por la puerta cargados con sus armas y pertrechos. Karuth les esperaba fuera, con el pelo del lomo erizado y gruñendo a las sombras de la foresta.

El canto de la banshee les pareció cada vez más insistente, les costaba resistirse. Si alguien hubiera mirado sus caras sólo hubiera visto resolución en ellas.

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