En busca de la banshee (séptima parte)

Publicado: enero 26, 2006 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

Se dispusieron a seguir a las víctimas que había visto la guerrera dirigiéndose a la foresta. Gorham encabezaba la marcha, y Duncan le seguía sujetando su enorme hacha delante de él.

Pero la semielfa y el explorador se habían parado de golpe. Fue la druida la que se dio cuenta.

-¡Esperad! -gritó-. Astrid y Andros han sucumbido al hechizo.

El enano y el bárbaro se giraron y vieron cómo los hechizados dejaban caer sus armas y se dirigían a la foresta como zombies sin voluntad.

-¡Despiértalos elfa, por Moradin! -gritó el enano mientras corría haciendo a un lado a Duncan.

Los abofeteó con fuerza haciéndoles despertar de su letargo.

-Os necesitamos despiertos. Si no podéis conseguirlo volved a la seguridad de la posada.

-De eso nada Gorham -replicó la semielfa sacudiendo la cabeza y recogiendo sus armas del suelo.

-¡Hay que darse prisa o los perderemos! -gritó la druida que corría junto al lobo. Salieron todos corriendo en aquella dirección.

Tuvieron suerte, pues al poco de internarse vieron a la criatura arrastrando a una de las víctimas sin interrumpir siquiera su canto. Quedaron horrorizados ante la presencia inmunda y vil del monstruo. Pero ella también les vio, y sin que ellos supieran cómo, la banshee supo de inmediato que había pasado de ser la cazadora a ser la presa.

La banshee emitió un quejido especialmente lastimero, y partió hacia su guarida a toda velocidad, pues no iba tocando el suelo, sino levitando sobre él. Ellos se dispusieron a seguirla lo más rápido que les permitían sus piernas, tratando de no perderla de vista. El lobo abría la marcha sin dejar de olfatear el aire delante de él, siguiendo el rastro de la bruja con suma eficacia. Hasta que llegaron a su guarida y la vieron introducirse en la negrura de su interior.

Avanzaron hasta la entrada, y el enano quiso entrar, pero un fuerte tufo a cadáveres en descomposición le golpeó como un martillo en sus fosas nasales.

-¡Maldito demonio! -protestó justo antes de vomitar los restos de su última comida.

El tufo llegó también al resto del grupo, que hizo una mueca con sus caras por el asco, y les provocó algunas nauseas.

-¡Por Tempus! -exclamó el bárbaro-. Ahí dentro hay algo muerto desde hace días.

-La propia banshee no es una criatura viva en sí -le respondió la druida-, al menos no como lo estamos nosotros.

-Tenemos que protegernos de ese tufo antes de entrar, yo encenderé un par de antorchas -dijo el explorador mientras se descolgaba la mochila de los hombros.

El resto de los compañeros sacaron algunos trozos de tela que empaparon en agua de sus odres, y se los ataron al cuello tapando sus bocas. Las antorchas ya estaban preparadas, aunque sólo eran necesarias para Duncan y Andros, que eran los únicos humanos del grupo, y por lo tanto no podían ver en la oscuridad.

Se miraron entre ellos, con sus armas desenvainadas, y entraron por la abertura en la roca. Habían recuperado el aliento tras la carrera a través del bosque, pero la prudencia les decía que tenían que estar muy atentos y avanzar despacio por aquel corredor natural.

La oscuridad de aquel pasillo era opresiva, y el desagradable olor de la muerte, traspasaba incluso la tela empapada en agua de sus pañuelos improvisados. Era imposible no hacer ruido, ya que pisaran donde pisaran, el horrible chasquido de los cientos de huesos diseminados por la caverna delataban su presencia.

-No os preocupéis por el ruido -dijo el explorador con la voz amortiguada por la tela-. La banshee ya sabe que estamos aquí.

-Entonces vayamos a por ella y terminemos de una vez con esto -replicó el enano apartando a los que tenía delante. Se paró un momento mientras los demás le observaban y cogió aire. Luego reanudó su camino escuchando los pasos de sus amigos, que habían empezado a seguirle.

El pasillo terminaba en una estancia redondeada, mucho más grande y más alta que el corredor. El bárbaro se irguió cuan alto era, y al hacerlo le pareció ver moverse una sombra al fondo.

-¡Allí! -gritó enarbolando su hacha y dirigiéndose hacia aquella dirección, oyendo crujir los huesos bajo sus pies.

-¡Cuidado Duncan! -exclamó la semielfa, pero el aviso llegó tarde. Una herida fea se dibujó de repente en el hombro del bárbaro, al tiempo que la espeluznante criatura aparecía a su lado de la nada, enarbolando un gran cuchillo manchado de sangre y óxido.

-¡Nunca saldréis vivos de aquí! -gritó la banshee intentando clavar de nuevo el cuchillo en el pecho del hombre de los páramos. Pero no contó con la agilidad de este, que lo desvió con la hoja de su hacha, para golpear a la banshee con el mango en lo que pareció un único movimiento.

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