En busca de la banshee (Primera Parte)

Publicado: enero 26, 2006 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

Después de varias jornadas de camino, divisaron la loma. Era algo poco natural, como hecho por la mano del hombre. Contrastaba totalmente con aquel terreno poco accidentado, tras haber abandonado los bosques de más al oeste, y atravesado llanuras abundantes en baja vegetación. A pesar de haber crecido algunas briznas de hierba, y algún que otro arbusto, el color del terreno no era el mismo.

-Iré a echar un vistazo -dijo Andros-, esperadme aquí.

Dejó en el suelo su mochila, su arco y sus flechas, y entregó su espada a Duncan. Pero no sacó ni su cuchillo largo de caza, ni la daga escondida en la caña de su bota. Al fin y al cabo sólo eran unos pocos metros, nada que no pudiera cubrir en una rápida carrera. Anduvo erguido el primer tramo, que le condujo hasta aproximadamente la mitad del montículo. Luego se encorvó un poco para no ser visto, pues no sabía lo que les esperaba al otro lado. Cuando llegó a la cima, lo hizo arrastrándose despacio, para no levantar polvo, y no delatar así su posición.

Asomó un poco la cabeza, acercando su mano a la bota, por si acaso. Lo que vio relajó momentáneamente su actitud. Una pequeña aldea con chimeneas encendidas, quizá para luchar contra el frío que ya amenazaba el otoño. Casas de adobe, con tejados de paja y barro, de diferentes tamaños y situaciones. Pero había algo que le llamó especialmente la atención, ciertos detalles que no parecían normales. Algunas de las casas parecían haber sido abandonadas hacía tiempo, a pesar de que otras estaban bien cuidadas; había poca gente, y un grupo de personas, unas cinco, contando dos adultos y tres jóvenes, con un carro tirado por dos mulas y seguido por una vaca, se encaminaban hacia el norte, como si estuviesen abandonando la aldea.

El explorador abandonó la atalaya volviendo a donde se encontraban sus amigos. Les contó lo que había visto.

-Sí, es extraño incluso para un asentamiento de humanos -dijo el enano al acabar Andros su exposición.

-Por lo demás, y según parece, es una aldea normal -respondió Astrid, la semielfa, poniéndose en jarras.

Estaban cansados, y a algunos de ellos les apetecía ver caras humanas. No habían visto a nadie, ni siquiera de lejos, en los últimos días. Agradecerían el contacto humano, aunque fuese de desconocidos.

-Me sigue oliendo a chamusquina -increpó Duncan-. No hay muralla, ni un pequeño cerco de madera, por no hablar de la falta incluso de guardias…

-No le demos más vueltas y bajemos -Karuth dio un gañido, como queriendo apoyar las palabras recién dichas por la elfa.

Recogieron su pertrechos y se dispusieron a cruzar la loma. La subida la hicieron en apenas dos minutos. Para la bajada emplearon algo más de tiempo.

La aldea era muy pequeña. Unas treinta cabañas, separadas por el comienzo del bosque por algo más de doscientos pasos. El camino serpenteaba hacia el pequeño pueblo, donde lo cruzaba recto, y volvía a ondular de nuevo al dirigirse hacia el bosque. Los árboles brillaban por su ausencia, aunque algunas higueras, en el interior de la aldea, daban la suficiente sombra para sofocar el calor que debían sufrir sus gentes en verano.

Al acercarse a la aldea pudieron ver algunas personas de avanzada edad todas, llevando utensilios de labranza, probablemente provenientes de los pocos campos de cultivo que habían divisado hacia el oeste, desde lo alto de la loma.

Al comenzar a cruzar la aldea, se dieron cuenta de que sus habitantes paraban sus quehaceres para observarlos. No debía pasar mucha gente por allí. Uno de los ancianos, que portaba un bastón labrado en sus manos, que no parecía necesitar para andar, se acercó a ellos con paso firme y mirada hirsuta, haciendo que el grupo se parara frente a él.

-Buenos días, viajeros -saludó amablemente-. Soy el alcalde Fairchild, de Pozo Viejo, el pueblo en el que os encontráis.

-Pues hace honor a sus gentes el nombre -dijo el enano mirando ceñudo al anciano.

-Cierra el pico Gorham -dijo Andros, y volviéndose se dirigió al que decía ser el alcalde-. Venimos de muy lejos en dirección al este, y nos preguntábamos si podríamos hacer noche aquí.

-Nadie suele venir aquí ni a pasar unos minutos, más bien se van para no volver, y cada vez más -dijo el alcalde mirando al enano de reojo. Luego se fijó en el lobo y añadió:-. Sois bienvenidos, aunque no os recomiendo que paséis aquí más tiempo del que necesitéis, por vuestro bien. Y espero que el lobo no cause problemas, aunque veo que parece la mascota de una Hija de la Tierra, y supongo que estará domesticado.

-Veo que conoce mi religión, buen hombre -respondió Gaylin-. Descuide. Karuth no causará problemas si no se los causan a él o a nosotros.

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