El despertar de una confesión

Publicado: diciembre 20, 2005 de elvenbyte en Vivir del Cuento

Un hombre, esperando para subir en el metro, empuja a otro, matándolo, por el simple hecho de que sufre una descarga repentina de adrenalina. Se me ocurrió plasmar en un relato de cuatro páginas, el acontecimientos de los actos que provoca la locura transitoria.

Recuerdo cuando cumplí diecisiete años. Estaba en Nueva York, y mi padre me contaba que allí había que tener mucho cuidado, ya que había mucho chiflado. Para explicármelo, mi padre lo ilustraba con ejemplos que cogía del periódico. Se me quedó grabado cuando me explicó que había gente que empujaba a personas en el metro porque se les cruzaban los cables, y que por eso habían puesto letreros prohibiendo acercarse a los andenes hasta que los vagones estuviesen totalmente parados.

Sin haberlo presenciado nunca, me afectó escuchar estos hechos de boca de mi padre. Tanto que han acudido a mi memoria en numerosas ocasiones durante todos estos años. No creo que se trate de un trauma, ya que ni siquiera me asusta la posibilidad. Pero cuando pienso en locos, la escena que me imaginaba acudía rápidamente a mi cabeza.

Pensé que escribirla en forma de relato no sería complicado, al habérmela representado mentalmente tantas veces. Pero, como siempre, necesitaba englobarla en un marco determinado, y bajo una perspectiva especial. Elegí en este caso el marco de una confesión, y qué mejor punto de vista para una confesión que el del propio
asesino.

También quería hacerlo utilizando un formato especial y original, así que no podía utilizar ni el típico formato epistolar de una carta al juez, en plan suicida, ni el de un interrogatorio, que hubiera alargado considerablemente la narración. Lo hice en una especie de formato mixto; parecido a una carta, aunque sin serlo exactamente, y como si se interrogara a sí mismo, evaluando las sensaciones psicológicas del individuo.

Sorprendentemente para mi, y quizás debido a la velocidad a la que conseguí escribirlo (en apenas una hora), no conseguí meterme demasiado en el personaje. Esta es la que considero la pega del relato. Cuando escribo un relato, o la escena de una novela, consigo meterme en el personaje o personajes que estoy utilizando como protagonistas del relato. Da igual si es el bueno o el malo, el protagonista o el antagonista. El caso es que me meto. Con este relato pude ver lo que veía el asesiono, y sentir lo que sentía, pero no del todo. Me explico. A posteriori me he dado cuenta de cosas como por ejemplo de que un asesino circunstancial de este tipo no hubiera podido mantener la tranquilidad que representa tener este, ni transmitir la serenidad y aceptación que mantiene el protagonista a la hora de confesar.

Está claro que, al utilizar una primera persona, no se pueden explicar demasiado bien cosas como un ligero temblor de manos, si el protagonista, el que cuenta la historia, no se da cuenta de ello y lo expresa.

Lo bueno del relato es que yo sí que me he dado cuenta, y ya he puesto los medios para subsanar este error en relatos sucesivos, como en el siguiente que he escrito, “Por las malas”, del que pronto hablaré aquí, pues aún no está terminado.

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