Problemas con las arañas

Publicado: diciembre 18, 2005 de elvenbyte en El Amo del Calabozo

En primer lugar, y antes de comenzar la siguiente parte, que hace referencia a la aventura con las arañas, comentar que efectivamente equivoqué los personajes que cayeron en el hechizo de los sátiros. No voy a rectificar lo escrito porque me gusta cómo queda, y si a vosotros no pues hacedme la rectificación en los trozos que creáis convenientes y yo la incluyo, bien como alternativo, o bien en el bueno, lo que queráis. Dicho esto, paso a la acción.

La aventura con los sátiros había dejado exhausto a la compañía. Ya sabían que el camino estaba lleno de peligros, y lo aceptaban estoicamente, pues sabían que era importante, no sólo para ellos mismos, sino también para todas las criaturas buenas de Faerun.

Ninguno de ellos se había encontrado nunca con sátiros, salvo quizás Gaylin, la druida, en su juventud más temprana, y en las viejas Moonshaes, de donde procedía, pero todos habían oído hablar de ellos. Aunque no pensaban, de ninguna manera, que participar de una de sus fiestas, despertara los sentidos y refrescara los espíritus de aquella manera.

Habían partido cuando el sol estaba ya bastante alto, bañando con su luz el verde de los bosques. Aunque esa bonanza meteorológica duró poco. A media tarde, cuando las sombras empezaban a poblar incluso los rincones menos escondidos del bosque, más nubes oscuras y cargadas de agua se cernieron sobre ellos empañando de nuevo su ánimo.

-Deberíamos buscar refugio -dijo Andros-, pronto, o nos mojaremos.

-Estoy de acuerdo con el humano. Karuth hace rato que lo advierte, y no le gusta el agua -contestó la druida.

-Pues yo no conozco los bosques -añadió Gorham-, así que quizás debería ser Andros quien lo buscase.

Y como dándoles la razón, una fina llovizna comenzó a caer sobre ellos amenazando con mayores en sólo unos minutos.

-Ya no hay tiempo -advirtió la semielfa-, saquemos las mantas y engrasémoslas. Las usaremos como toldo. Al menos dormiremos secos.

Así lo hicieron. Montaron el campamento junto a un grupo apretado de enormes acacias. Así las frondosas copas dejarían pasar sólo una parte de la tormenta que se acercaba.

No podían hacer fuego, y poco a poco la lluvia fue cobrando fuerza, hasta estallar en una riada vertical que golpeaba contra las hojas de los árboles y contra el suelo, salpicando a los que se encontraban en la parte más exterior del improvisado refugio.

La incesante tromba de agua duró casi toda la noche, pero al final consiguieron conciliar el sueño, con sus mentes llenas de inquietudes y presagios. No faltaron las pesadillas, alentadas por aquel tiempo que horadaba sus ánimos, y les hacía preguntarse por el sentido de su misión en común.

Despertaron con las primeras luces del alba, y con un cielo aún encapotado y amenazador. Apenas hablaron entre ellos durante el rápido desayuno, y una sombra enturbiaba sus rostros pesarosos. Al ponerse en camino, sólo escuchaban los tintineos de sus armas al golpear contra el resto de sus pertrechos, sus pasos al pisar el humus que cubría el suelo del bosque, y el retumbo de truenos lejanos. Pero el bosque permanecía en un estricto silencio.

-No me gusta este silencio -dijo de pronto Duncan-. Al menos debería escucharse algún que otro pájaro. Esto no es normal.

-No bárbaro, no es normal -le contestó el explorador mirando hacia todos los lados, como si esperase algún tipo de emboscada.

-Sigamos, y estad prevenidos -añadió el enano.

Todos sacaron las armas tras la observación de Gorham. Aduvieron largo rato, con sus sentidos agudizados al máximo, como mandaba la experiencia. Cada vez que el lobo gruñía, un gemido salía de alguna de sus gargantas. El silencio en el que permanecía el bosque se les hacía cada vez más opresivo.

Gaylin fue la primera en darse cuenta, como de costumbre, quizás a causa de sus sentidos élficos.

-Hay demasiadas telarañas entre los árboles -dijo casi en un susurro.

-Es cierto -respondió el explorador. Y pareció la orden para que el bosque abandonara su quietud, y todo se puso en marcha. Las arañas aparecieron por todas partes; detrás de las hojas, de los troncos, bajo el suelo, y entre las copas de los árboles. Ellos también se pusieron en guardia.

Al principio los arácnidos seres no atacaron, como si se tratara de un ejército de insectos que observaban a sus oponentes humanoides. Pero no esperaron demasiado. Las más pequeñas, que las había de todos los tamaños, eran como el puño del bárbaro, y fueron las primeras en atacar. Se lanzaron hacia ellos como una avalancha de decenas de pegotes negros con patas y pelos oscuros.

Correteaban por el suelo intentando trepar por sus botas de piel y sus polainas, quizás para encontrar algo de carne blanda donde picar e inyectar sus ponzoñosos venenos. Muchas de estas pequeñas murieron aplastadas bajo los pies de los héroes, y las que trepaban se iban rápidamente al suelo, golpeadas por manotazos disparados a una velocidad de vértigo.

Cuando cesó el primer contingente se lanzaron al ataque unas dos docenas de arácnidos de mayor tamaño, sólo un poco más pequeños que el enano. La primera en llegar fue cortada por la mitad por el bárbaro, que blandía su hacha a diestro y siniestro. La segunda se ensartó prácticamente sola en la espada de la semielfa, quien se aprestó rápidamente a sacarla de la araña para clavarla en la siguiente que llegase hasta ella. Gorham, la druida y el explorador tampoco perdían el tiempo. El enano con su hacha le cortó las tres patas delanteras a una de las peludas para clavarle a continuación el hacha en la parte superior, salpicando a sus compañeros con el pestilente líquido amarillo, que era la sangre de aquellas arañas.

Gaylin usaba su bastón con valentía, apartando a aquellos enormes insectos de dos en dos, mientras trataba de impartir órdenes y advertencias a Karuth, que mordía los lomos queratinosos de aquellos seres. Y Andros trataba de mantener abierto el espacio entre sus compañeros y un grupo de tres arañas que se plantaron en su retaguardia, al tiempo que con rápidos movimientos de sus ojos buscaba algún lugar por donde emprender la huída.

-¡Entre aquellos árboles! -gritó el explorador señalando a dos alcornoques por donde aún se filtraba algo de luz diurna-. ¡Rápido!¡Sólo tendremos una oportunidad!

El bárbaro blandió de nuevo su enorme hacha de doble hoja, en la dirección en la que oía gritar a Andros.

-¡Seguid al explorador! -gritó a su vez- ¡No podré contenerlas por mucho tiempo, y necesito más espacio!

La piel de sus enormes brazos y piernas brillaba con el sudor, dando a sus tatuajes un aspecto aterrador. Se las arregló para coger el hacha con una sola mano, sujetándola por el extremo más alejado de la hoja, y trazando grandes arcos frente a él para mantener apartadas de sí las grandes arañas, mientras observaba por el rabillo del ojo la huída de sus compañeros, y él mismo iba dando pequeños pasos hacia atrás, asegurándose él también un pasillo por el que salir corriendo.

-¡Ahora!¡Corred! -gritó con todas sus fuerzas, y partiendo en dos a la araña más cercana, con un tajo desde arriba, él mismo se lanzó a la carrera tras el resto del grupo.

No dejaron de correr hasta que perdieron de vista todas y cada una de las trampas pegajosas que hubieran podido tejer aquellos engendros y toda su hueste. Cuando al fin se detuvieron, ninguno podía hablar, pues sólo se oía en aquel claro el jadeo de sus alientos entrecortados.

-Malditos bichos repugnantes -consiguió decir el enano-. Será mejor que salgamos de este bosque antes de que nos encontremos más sorpresas.

-Estoy de acuerdo con Gorham -dijo la semielfa-. Cuanto antes prosigamos nuestro camino, tanto mejor.

Esperaron sólo unos minutos más a estar completamente recuperados, y volvieron a ponerse en marcha de nuevo, deseando abandonar aquella arboleda del demonio.

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