Archivos de la categoría ‘Musa Inquieta’

Llamas en la noche

Publicado: marzo 12, 2009 de elvenbyte en Musa Inquieta

llamasEl resplandor se veía a kilómetros de distancia. Lenguas de fuego anaranjado barrían hectáreas de monte, mientras el coche daba algún bandazo que otro, a causa del viento. Ciertamente impresiona cuando te encuentras algo así. Y empiezas a preguntarte si de verdad la naturaleza es tan sabia como dicen. Te planteas cómo ha consentido que un virus tan dañino, como lo es el ser humano, haya invadido su entorno, perjudicándola de esta manera.

Un incendio como ese puede ser oportuno, con ese viento; incluso circunstancial, pero que había sido provocado está clarísimo. Aunque sea de forma accidental. Desde luego un rayo no fue, teniendo en cuenta que, a pesar del enorme viento, la noche estaba clara y llena de estrellas. Lo sé porque en la quietud de la noche, el cielo palpitaba de vida en forma de estrellas titilantes.

Una vez en casa, algo más tarde, fumándome un cigarro en el deslunado de la cocina, volví a mirar al cielo, y recordé mi adolescencia, como tantas veces hago, rememorando aquellas noches de dormir al raso, cuando un cielo negro y leche caía a plomo sobre mis fantasías más idílicas. Me digo a mi mismo que es tan solo nostalgia de unos viejos tiempos que no han de volver. Intento entonces no arrepentirme de estar en el presente, y lo consigo porque aquí también tengo cosas buenas.

Doy otra calada y el resplandor anaranjado del cigarro vuelve a transportarme a aquella Tramuntana que sé que siempre me espera. Recuerdo que a veces ella también se ha quemado, desde la azotea de un edificio en Palma, también en la noche, y también plagada de estrellas blancas y brillantes.

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Con la boina puesta

Publicado: noviembre 14, 2008 de elvenbyte en Musa Inquieta

Con la boina puesta

Con la boina puesta

Hacía un frío de mil demonios en Bejoruelos, tanto que caían chuzos de punta. La nieve aquella madrugada había teñido de blanco las casitas de cal y ladrillo viejo. El humo de las chimeneas, en esa hora de la tarde, se confundía con el gris negruzco del atardecer tempranero del pequeño pueblo de montaña.

Sebastián se arrebujaba en su viejo abrigo de lana mientras caminaba sin prisas hacia La Casucha del Quinto, el bar donde pasaría, como cada día desde hacía cincuenta años, un rato con sus amigos, compartiendo sus bebidas, unas fichas de dominó quebradas por los años, y un rato de charla banal.

La Casucha del Quinto estaba en la parte más alta de la Calle Mayor, cuyo nombre no la hacía más ancha que las demás, ni más estrecha tampoco, pero era la Mayor porque cabían los carros anchos cuando él era joven. Y también porque desde el final de la calle se podía ver la mayor parte del pueblo, con el campanario y las banderas del consistorio. Que tampoco es que hubiera mucho que ver, total para no más de trescientos habitantes de aquel entonces. Pero ahora si llegaban a la mitad igual estaban contando de más.

Cuando Sebastián abrió la puerta transparente del bar, sintió un agradable calorcillo en la cara. Se dio prisa por entrar, pateó un poco los pies mientras colgaba el abrigo y la bufanda en la percha de madera, y se desenroscó un tanto la boina, sin llegar a quitársela.

-Nas tardes, Paulino.

-Hola Sebastián -le contestó el hijo del Quinto, actual dueño de la Casucha, mientras descorchaba una botella de vino malo para Sebastián y los otros tres contertulios que no tardarían en llegar.

-Qué bien se está aquí, tú.

-Encendí la estufa hace un ratico.

-Es de agradecer, Paulino -dijo Sebastián-. Con este frío te se hielan las ideas.

-Y que lo digas.

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La motivación de escribir

Publicado: febrero 21, 2008 de elvenbyte en Musa Inquieta

¿Qué es lo que nos lleva a escribir? A los que nos gusta llamarnos escritores, por el simple hecho de que nos guste dejar constancia escrita de lo que queremos transmitir, nos impulsa un deseo irrefrenable. Un vicio. El acoso a la pluma, al boli, al lápiz, al teclado. Nos llama el papel, la máquina de escribir, la pantalla. No somos capaces de dedicar los ratos muertos más que a inventar una historia, con el único ánimo de usarlo como excusa para llenar de garabatos una página tras otra.

Buscamos los motivos casi sin darnos cuenta. El texto siempre depende de nuestro estado anímico, el cual plasmamos sobre el papel, queramos o no. Luego estará el gusto por el género, a cada cual el suyo, y varios a muchos de nosotros. Nos viene la afición de escribir del gusto de leer, como condición indispensable. No basta con conocer el idioma, sus reglas de construcción y dibujo, morfológicas y sintácticas.

No es nuestro héroe, por lo tanto, el personaje de las historias que otros cuentan para nosotros, sino el escritor que nos vence con el arte de la pluma, y no de la espada. Nos abruma tener la satisfacción de haber conseguido sintetizar nuestro pensamiento, y nos reprime el perfeccionismo de no terminar nunca un texto, por no estar nunca conformes con el resultado. Somos nuestros propios censores. Es un trabajo de carácter masoquista y desagradecido en multitud de ocasiones.

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Que sea lo que Dios quiera

Publicado: febrero 16, 2008 de elvenbyte en Musa Inquieta

Estaba delante de la cámara, con una sotana negra, sus zapatos negros y su capirote de antiguo cura de pueblo. Las manos apretadas entre sí, con los nudillos blancos de la fuerza con que lo hacía. No recordaba cuándo había sido la última vez que había estado tan nervioso, aunque a sus ochenta daba lo mismo.

Le habían llamado hacía un par de días, de Telecinco habían dicho. Sería algún canal de esos privados que hablaban ahora. Al fin y al cabo, en Estepar Viejo tampoco eran muchos, y nadie veía la tele desde que Braulio había cerrado la panadería. ¿Cuánto hacía de aquello? Por lo menos treinta años ya. Y tampoco es que se viera bien en aquel pueblo de montaña. En invierno nunca se sabía si había más nieve en la calle o en la tele.

Don Julián, que así se llamaba el párroco, se había ido quedando sin feligreses gota a gota. El pueblo estaba muerto y sin perspectivas de futuro. Sólo quedaban allí los abuelos que habían decidido quedarse a pesar de todo. Aquellos que sacaban de la tierra y las gallinas lo único que necesitaban para vivir: pan y buen caldo.

El cura no tenía manos ni recursos para nada que no fuera alimentar el espíritu de los que quedaban en Estepar, así que doña Florita le traía los huevos, doña Francisca el pan, doña Juana algunas cosas más…, y así todos le aportaban algo, pues aunque no muy creyentes, era su párroco y estaban orgullosos de él.

Quizás por eso, o por obligación moral, o por religiosa, o porque simplemente sentía que se lo debía al pueblo, había enviado aquella carta de letras temblorosas. Entre otras cosas, ponía lo siguiente, como más importante:

“[...] por eso desde aquí solicitamos a la autoridad que corresponda, que aliente a los jóvenes a repoblar

Estepar Viejo, pues aquí dispondrán de una vida tranquila, trabajo seguro en la tierra

y paz de espíritu [...]”

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Bareros

Publicado: febrero 15, 2008 de elvenbyte en Musa Inquieta

El bar es la bendición o la maldición de los españoles. No podemos pasar un día sin frecuentarlo, por lo menos yo. En el bar leo y escribo ante la excusa de dejar pasar el tiempo delante de un café. En el bar se hacen amistades y también se rompen.

En mi caso disfruto las mejores aventuras. Las de otros o las que surjen de mi mente enferma, como me gusta denominarla. Mis mejores escritos salen de estar sentado en una mesa o en la misma barra, según el bar o las circunstancias. No importa el ruído que haya. No importa que esté la música a tope, o que el telediario escupa malas o buenas noticias sin piedad. Yo consigo abstraerme, por mucho que le pique a otros.

El café es lo de menos. Me acompaña la taza vacía y sucia, al igual que el sabor de uno o dos cigarrillos rubios que se consumen al paso del tiempo.

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Matemática y felicidad

Publicado: febrero 14, 2008 de elvenbyte en Musa Inquieta

Se me ocurren muchas cosas cuando saco al perro a pasear y que el pobre haga sus necesidades, algo que sólo sucede dos veces al día -para su desgracia-, pero en lo que me da tiempo a pensar muchas cosas -para la mía-. En esta ocasión se trata de entender lo que significa ser feliz.

Llego a varias conclusiones, que trataré de sintetizar al final en sólo una, pero llego a ellas de una forma matemática, por frío que parezca, pero es así. Pienso que no es cuestión de permanecer en un estado de felicidad perpétua. De hecho no creo que eso exista. Lo que creo es que a lo largo de la vida vamos pasando por momentos dulces y momentos amargos. Y es la suma de los momentos dulces, felices, menos la suma de los momentos amargos o infelices, la que nos da como resultado que nuestra vida sea en mayor parte feliz o infeliz. La ecuación, por lo tanto, sería la siguiente:

Felicidad general = momentos felices – momentos infelices

Sin embargo no podemos resumirlo de forma tan banal. Resulta que los momentos felices los recordamos con cierto entusiasmo, pero de forma pueril, abstracta y por poco tiempo. Es más, nos genera, si sucedieron largo tiempo atrás, estados de nostalgia y/o melancolía, que en el fondo no son más que estados que generan tristeza actual, es decir un momento amargo no prolongable en el tiempo, circunstancial, pero lo suficiente para que entre en la ecuación. Por tanto, la ecuación variaría de la siguiente manera:

FG = Felicidad General

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Un encuentro afortunado

Publicado: febrero 3, 2008 de elvenbyte en Musa Inquieta

El día que la conocí tuvimos un encuentro traumático, para ambos. La noche era lluviosa. Apenas era capaz de ver unos metros a través de la cortina de lluvia que golpeaba contra el parabrisas del coche. Las luces de los escaparates se reflejaban contra los cristales deslumbrándome hasta que salí del casco urbano en dirección al pueblo de mi madre. Aflojé un poco la velocidad y traté de disfrutar del sonido de las gotas sobre el techo del coche.

De repente ahí estaba ella. Vi su forma tirada sobre el arcén. Un bulto oscuro y mojado que me hizo frenar casi de golpe. Sentí cómo el coche resbalaba un par de metros en aquel asfalto grisáceo hasta que se detuvo. Puse la marcha atrás y me acerqué hacia donde estaba. Abrí la puerta del coche y salí de él sin importarme la lluvia, ni la noche sin estrellas, ni las ramas de los árboles que creaban formas grotescas con el seguro ánimo de asustarme, y obligarme a salir corriendo de aquel lugar.

Me acerqué caminando con prisa, corriendo, hacia el bulto. Antes de llegar vi que respiraba agitadamente. Me miró. Me miró con ojos tristes, desesperados. Un gañido llegó a mis oídos entre el ensordecedor ruido de la lluvia golpeando contra las hojas de los árboles. Me agaché y la toqué. Temblaba. Nunca supe si de frío, de miedo o de ambas.

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LEER

Publicado: octubre 6, 2006 de elvenbyte en Musa Inquieta

http://www.juanval.netHace poco, en una de las listas a las que estoy suscrito, alguien puso un mensaje con un escrito de Juan José Millás que me pareció sumamente interesante. No pongo quién envió el mensaje porque prefiere permanecer en el anonimato, y esas cosas hay que respetarlas. Espero que os guste lo que dice.

(Artículo publicado en El País el 15 diciembre de 2000)
-Primera edición del Premio Periodístico sobre lectura-

Estoy leyendo un libro mal encuadernado en el que las últimas palabras de cada línea se pierden en las profundidades del lomo, de manera que para acceder a ellas hay que desviscerar el volumen. Al principio, pensé en devolverlo, pero me he aficionado a hurgar en él como en las interioridades de un centollo.

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El cayuco y la ondina

Publicado: septiembre 20, 2006 de elvenbyte en Musa Inquieta

http://www.cantabriaconfidencial.comEl cayuco se mecía suavemente sobre las olas del Atlántico, a sólo cuatro millas de las costas de Las Palmas. Pero Mumbutu no lo sabía. Habían partido más de cien personas desde Lompoul, al Norte de Dakar, y en la barca sólo quedaban cuarenta cuerpos, y de esos cuarenta, quizá sólo cinco vivos, entre ellos Mumbutu. Tantas ilusiones y tantos sueños, todo perdido. El senegalés no tenía fuerza ni para abrir los ojos, a pesar de que estaba despierto.

Era mediodía y el sol de Julio apretaba con fuerza. Al partir, todos sabían que sólo algunos alcanzarían costas españolas. Y que incluso al llegar allí, la tierra donde abundaba el trabajo y la libertad, no todos se quedarían. Tan sólo los que aún conservaran fuerzas para escapar de los gardasibles, los soldados españoles con uniforme verde que les meterían en un avión y los enviarían de nuevo a Senegal. Por eso había que escapar de ellos en cuanto pisaran tierra firme.

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Literatura social

Publicado: septiembre 12, 2006 de elvenbyte en Musa Inquieta

literatura_socialLo había pensado muchas veces, ¿por qué no utilizar todo aquello de la sociedad que no me gusta, para escribir mis cuentos y relatos? Pero nunca te decides, o no encuentras el tema (con todos los que hay), o estás decidido y encuentras el tema, pero no sabes cómo cogerlo. El punto de vista es importante, quizá lo más, y siempre el de uno mismo. La literatura social debe ser crítica, tiene que denunciar ciertos aspectos sociales que consideramos que estorban en la lucha particular para alcanzar una sociedad utópica, o que se acerque al ideal. Es política, aunque no evangelización, es moral, pero alejada de la ética.

En el mundo literario se ha tratado siempre de proporcionarle varios nombres, aunque se ha quedado siempre con el de literatura realista. Sin embargo es el término de Realismo Social, quizá el que más acaba de convencerme. Y sólo hasta hace poco ha dejado de padecer la humillación y la tristeza del significado de la clandestinidad, que es donde ha permanecido, por ejemplo, en tiempos del franquismo. O la que padecen los escritores cubanos en el exilio, aún hoy en día. Uno de los exponentes de lo dicho es, por ejemplo, Pío Baroja.

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