El resplandor se veía a kilómetros de distancia. Lenguas de fuego anaranjado barrían hectáreas de monte, mientras el coche daba algún bandazo que otro, a causa del viento. Ciertamente impresiona cuando te encuentras algo así. Y empiezas a preguntarte si de verdad la naturaleza es tan sabia como dicen. Te planteas cómo ha consentido que un virus tan dañino, como lo es el ser humano, haya invadido su entorno, perjudicándola de esta manera.
Un incendio como ese puede ser oportuno, con ese viento; incluso circunstancial, pero que había sido provocado está clarísimo. Aunque sea de forma accidental. Desde luego un rayo no fue, teniendo en cuenta que, a pesar del enorme viento, la noche estaba clara y llena de estrellas. Lo sé porque en la quietud de la noche, el cielo palpitaba de vida en forma de estrellas titilantes.
Una vez en casa, algo más tarde, fumándome un cigarro en el deslunado de la cocina, volví a mirar al cielo, y recordé mi adolescencia, como tantas veces hago, rememorando aquellas noches de dormir al raso, cuando un cielo negro y leche caía a plomo sobre mis fantasías más idílicas. Me digo a mi mismo que es tan solo nostalgia de unos viejos tiempos que no han de volver. Intento entonces no arrepentirme de estar en el presente, y lo consigo porque aquí también tengo cosas buenas.
Doy otra calada y el resplandor anaranjado del cigarro vuelve a transportarme a aquella Tramuntana que sé que siempre me espera. Recuerdo que a veces ella también se ha quemado, desde la azotea de un edificio en Palma, también en la noche, y también plagada de estrellas blancas y brillantes.



¿Qué es lo que nos lleva a escribir? A los que nos gusta llamarnos escritores, por el simple hecho de que nos guste dejar constancia escrita de lo que queremos transmitir, nos impulsa un deseo irrefrenable. Un vicio. El acoso a la pluma, al boli, al lápiz, al teclado. Nos llama el papel, la máquina de escribir, la pantalla. No somos capaces de dedicar los ratos muertos más que a inventar una historia, con el único ánimo de usarlo como excusa para llenar de garabatos una página tras otra.
Estaba delante de la cámara, con una sotana negra, sus zapatos negros y su capirote de antiguo cura de pueblo. Las manos apretadas entre sí, con los nudillos blancos de la fuerza con que lo hacía. No recordaba cuándo había sido la última vez que había estado tan nervioso, aunque a sus ochenta daba lo mismo.
El bar es la bendición o la maldición de los españoles. No podemos pasar un día sin frecuentarlo, por lo menos yo. En el bar leo y escribo ante la excusa de dejar pasar el tiempo delante de un café. En el bar se hacen amistades y también se rompen.
Se me ocurren muchas cosas cuando saco al perro a pasear y que el pobre haga sus necesidades, algo que sólo sucede dos veces al día -para su desgracia-, pero en lo que me da tiempo a pensar muchas cosas -para la mía-. En esta ocasión se trata de entender lo que significa ser feliz.
Hace poco, en una de las listas a las que estoy suscrito, alguien puso un mensaje con un escrito de Juan José Millás que me pareció sumamente interesante. No pongo quién envió el mensaje porque prefiere permanecer en el anonimato, y esas cosas hay que respetarlas. Espero que os guste lo que dice.
El cayuco se mecía suavemente sobre las olas del Atlántico, a sólo cuatro millas de las costas de Las Palmas. Pero Mumbutu no lo sabía. Habían partido más de cien personas desde Lompoul, al Norte de Dakar, y en la barca sólo quedaban cuarenta cuerpos, y de esos cuarenta, quizá sólo cinco vivos, entre ellos Mumbutu. Tantas ilusiones y tantos sueños, todo perdido. El senegalés no tenía fuerza ni para abrir los ojos, a pesar de que estaba despierto.
Lo había pensado muchas veces, ¿por qué no utilizar todo aquello de la sociedad que no me gusta, para escribir mis cuentos y relatos? Pero nunca te decides, o no encuentras el tema (con todos los que hay), o estás decidido y encuentras el tema, pero no sabes cómo cogerlo. El punto de vista es importante, quizá lo más, y siempre el de uno mismo. La literatura social debe ser crítica, tiene que denunciar ciertos aspectos sociales que consideramos que estorban en la lucha particular para alcanzar una sociedad utópica, o que se acerque al ideal. Es política, aunque no evangelización, es moral, pero alejada de la ética.