Cosas de familia
Desde muy pequeño me han inculcado los valores familiares. No acabo de entender muy bien por qué, ya que tanto la familia de mi padre, como la de mi madre, no es que sean modelos a seguir. Ni siquiera la mía propia. No somos un modelo de unidad, ni de consistencia. Pero eso no quiere decir que no nos queramos. Al contrario.
En todas partes cuecen habas, eso está claro, pero es que en mi caso acabo llevándome tanto agradables sorpresas, como desagradables decepciones. Supongo que debe ser común en todas las familias, pero el caso es que en la actualidad lo estoy viviendo en mis carnes. No me gusta lo que he visto, tanto en lo que ya sabía, como en lo que he descubierto. Y todo a raíz de un desafortunado pero esperado suceso de los últimos días.
Es justo en estos casos -este en concreto es la enfermedad de un familiar muy cercano-, cuando te das cuenta de estas cosas. He visto el egoísmo, el desinterés, el a ver si gano protagonismo, el padecimiento y el sufrimiento por el ser querido, la desidia, la preocupación, y en algunos casos el punto inesperado, pero lógico, de la demencia momentánea. He visto al que se traga las lágrimas, al que las expresa, al que quisiera llorarlas pero no puede, al que sabe que llegarán cuando llegue el momento, al que no las tiene, y al que las esconde y las llora cuando nadie le ve.