Cuando a José Saramago le preguntaron recientemente a qué se debe su siempre sombría visión del mundo, el escritor portugués contestó con la misma ironía con la que deleita a los lectores en muchos de sus libros.
“No soy un pesimista, sino un optimista bien informado”, manifestó el Nobel de Literatura, para remachar que basta con leer el periódico para darse cuenta de que el mundo es un “infierno”: “Millones nacen para sufrir y a nadie le importan”.
Este viernes, el laureado autor cumple 85 años. Pero él, algunos achaques al margen, dice que en el fondo sigue en gran parte siendo aquel niño al que retrata en su más reciente libro editado en español, ‘Las pequeñas memorias’ (Editorial Alfaguara), una especie de autobiografía que comprende el periodo entre los cuatro y los 15 años.
“Esa fue la etapa que me marcó. De alguna forma sigo siendo un campesino”, dice Saramago, quien creció en un entorno humilde como hijo de un trabajador del campo que luego se convertiría en policía.
Comunista convencido, el autor de ‘El año de la muerte de Ricardo Reis’ no se limita a informarse sobre la actualidad, sino que a menudo se implica en ella, como crítico de una sociedad cuyas desigualdades no se cansa de denunciar.
Pero el compromiso político y social de Saramago, convertido en una bandera del movimiento antiglobalización, no sólo le ha traído amigos. Así, provocó una cascada de durísimas críticas cuando hace algunos años, en una visita a Ramallah, comparó la política de Israel en los territorios ocupados con los campos de exterminio nazis de Auschwitz y Buchenwald. Pero no se retractó.
Y meses atrás, causó un gran revuelo en su país, al sugerir en una entrevista que Portugal debería incorporarse territorialmente en la vecina España y formar una nueva nación que, para no herir el orgullo de sus compatriotas, podría llamarse ‘Iberia”‘.

