Desde muy pequeño me han inculcado los valores familiares. No acabo de entender muy bien por qué, ya que tanto la familia de mi padre, como la de mi madre, no es que sean modelos a seguir. Ni siquiera la mía propia. No somos un modelo de unidad, ni de consistencia. Pero eso no quiere decir que no nos queramos. Al contrario.
En todas partes cuecen habas, eso está claro, pero es que en mi caso acabo llevándome tanto agradables sorpresas, como desagradables decepciones. Supongo que debe ser común en todas las familias, pero el caso es que en la actualidad lo estoy viviendo en mis carnes. No me gusta lo que he visto, tanto en lo que ya sabía, como en lo que he descubierto. Y todo a raíz de un desafortunado pero esperado suceso de los últimos días.
Es justo en estos casos -este en concreto es la enfermedad de un familiar muy cercano-, cuando te das cuenta de estas cosas. He visto el egoísmo, el desinterés, el a ver si gano protagonismo, el padecimiento y el sufrimiento por el ser querido, la desidia, la preocupación, y en algunos casos el punto inesperado, pero lógico, de la demencia momentánea. He visto al que se traga las lágrimas, al que las expresa, al que quisiera llorarlas pero no puede, al que sabe que llegarán cuando llegue el momento, al que no las tiene, y al que las esconde y las llora cuando nadie le ve.


Desde que el hombre es hombre, la naturaleza ha puesto a nuestra disposición las medicinas necesarias para curar nuestras enfermedades. No todas, pero sí las que de forma natural nos atacaban. Las enfermedades, con el paso del tiempo, han ido evolucionando, así que nosotros hemos tenido también que hacer evolucionar esas medicinas. El haber transformado esos compuestos que la naturaleza ponía a nuestra disposición, ha hecho que aparezcan efectos secundarios para los que nuestra constitución humana no está preparada.
Hace dos artículos, en
Llevo un par de días pasando por el puente que cruza el río Magre, y estoy algo sorprendido. Yo no he vivido siempre en Carlet, pero he visto fotos, y he leído algo de Historia sobre el pueblo; el río, no hace muchos años, iba de lado a lado. Tampoco hace tanto de eso, pues gente del pueblo dice que lo ha visto rebosar hace años, cuando eran niños.
He querido reducir el título lo máximo posible; tanto que me ha quedado algo críptico o ambiguo. Pero no lo cambiaré, en la confianza de que sabré explicarme a lo largo del post.
Acabo de empezar un curso de carretillero; “Operario de almacén” es su nombre oficial, pero es de carretillero al fin y al cabo. Ya sabía que iba a aprender cosas nuevas, aunque no esperaba que fuera a resultar tan interesante como parece. Y no me refiero al temario del curso en sí, sino a la cantidad de interrogantes y discusiones que están surgiendo del mismo. Creo que es culpa de Ramón, el profesor, que nos está dando cancha para ello.
George R.R. Martin se ha superado como jamás creí que podría hacerlo, con esta hasta ahora última parte en castellano.
La película es mala, pero entretenida, teniendo en cuenta el público al que va dirigida.
No hay peor armadura para la nostalgia,
El resplandor se veía a kilómetros de distancia. Lenguas de fuego anaranjado barrían hectáreas de monte, mientras el coche daba algún bandazo que otro, a causa del viento. Ciertamente impresiona cuando te encuentras algo así. Y empiezas a preguntarte si de verdad la naturaleza es tan sabia como dicen. Te planteas cómo ha consentido que un virus tan dañino, como lo es el ser humano, haya invadido su entorno, perjudicándola de esta manera.