World of Warcraft
Publicado por elvenbyte on Marzo 18, 2008
Llevo jugando a rol desde que tenía quince años, y en el momento de escribir estas líneas tengo treinta y cinco. Durante esto veinte años he jugado prácticamente todos los juegos de rol escritos en castellano, aunque siempre me han tirado más los de fantasía épica. Es por esta razón, creo yo, que dos de mis grandes aficiones están relacionadas con la fantasía: la lectura de literatura fantástica y los juegos de ordenador tipo RPG (Rol Playing Games). Es a estos últimos, a uno en concreto, que va dedicado este post.
Recuerdo con cariño las primeras aventuras gráficas que jugaba en aquellos tiempos en el Spectrum, y más aún una en concreto: Don Quijote. Sí, la recuerdo con cariño. Luego llegaron los PCs, y me sumergí de lleno en las aventuras de Lucasarts, en aquella época aún Lucas Films. Se trataba de las sagas de Indiana Jones (todos los juegos, incluído aquel que no venía de las películas y cuya acción nos trasladaba ni más ni menos que a la mítica Atlántida), o el Maniac Mansion con su secuela El día del tentáculo, y cómo no los Monkey Island con los que tanto disfruté. Al poco, o al mismo tiempo casi, aparecieron los basados en los Reinos Olvidados: Eye of the Beholder, ya auténticos RPG, con calabozos incluídos y mapas interminables, en sus tres partes del juego.
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La razón de tan descabellada idea es la de muchos padres de familia, como yo, cuyo ordenador en casa es de todo el mundo menos mío. En realidad es de mi mujer, a mi sólo me deja tocarlo de vez en cuando. La cuestión es que necesitaba instalar un Ubuntu para utilizarlo yo, pero que arrancara automáticamente desde Vista para cuando lo utiliza ella. Un cristo, vamos.
De nuevo en el bar. Hoy no me ha costado mucho convencer a mi media naranja para que me dejara venir. Ha hecho un mínimo intento, pero la expansión nueva de Los Sims 2 ha sido más fuerte. Así que aquí estoy de nuevo, con otra historia.
¿Qué es lo que nos lleva a escribir? A los que nos gusta llamarnos escritores, por el simple hecho de que nos guste dejar constancia escrita de lo que queremos transmitir, nos impulsa un deseo irrefrenable. Un vicio. El acoso a la pluma, al boli, al lápiz, al teclado. Nos llama el papel, la máquina de escribir, la pantalla. No somos capaces de dedicar los ratos muertos más que a inventar una historia, con el único ánimo de usarlo como excusa para llenar de garabatos una página tras otra.
Ya tenemos nuestra máquina funcionando con Linux, de una forma o de otra (ver
Estaba delante de la cámara, con una sotana negra, sus zapatos negros y su capirote de antiguo cura de pueblo. Las manos apretadas entre sí, con los nudillos blancos de la fuerza con que lo hacía. No recordaba cuándo había sido la última vez que había estado tan nervioso, aunque a sus ochenta daba lo mismo.